
"Hemos recorrido un largo camino pero nuestra opinión es personal y desinteresada como el primer día que empezamos. Quizás ha llegado la hora de que los críticos se hagan una autocrítica y abandonen la posición de guardianes del buen gusto que han adoptado tan gravemente. La intolerancia, la mezquindad y sobre todo el tufillo elitista de quienes ocupan algún puesto de poder son males que aquejan a nuestro oficio y conviene estar alertas para no repetir los errores de generaciones anteriores".
Luego de la visión epifánica de Alvin y las ardillas y teniendo el polo de Alien versus Depredador 2 sobre mi pecho, he decidido reconvertirme al nuevo credo y formular la autocrítica exigida.
No importa que el resto de los colaboradores de este blog, luego de mi cambio de camiseta, me dejen más solo que Will Smith en el Nueva York de 2012. Será problema de ellos, persistiendo en el error de mantenerse en su torre de marfil. Yo, en cambio, seré leyenda.
Además, tendré ilustres antecesores, como S. M. Eisenstein, autor de la elitista Iván el terrible, que publicó su autocrítica luego de que el padrecito Stalin le hiciera una propuesta que no pudo rechazar.
Esta retractación y pública mea culpa la formulo ante el gran árbitro del gusto masivo y popular, el Presidente de la Motion Pictures Association of America.
Esta es la carta de abjuración y la declaración de principios que regirán mi conducta de hoy en adelante.
Señor Presidente de la
Motion Pictures Association of America
Reverenciado Señor
Yo, pecador, me acuso de indiferencia ante los gustos masivos, de inconsciencia ante las tendencias del mercado, de insensibilidad ante la eficacia de las campañas de marketing, de ignorancia de los gustos del público cinematográfico preadolescente que marca el horizonte de la moda actual, de negligencia ante los resultados de los estudios de opinión que consideran a los espectadores de este lado del mundo como lo que en verdad somos: ciudadanos de tercera clase, merecedores de lo que nos dan.
Yo, abyecto, me acuso de haber infiltrado mi opinión y mi gusto en los comentarios de películas que he hecho en prensa y televisión, ejerciendo así el abominable privilegio de discriminar lo bueno de lo mediocre y de argumentar a favor de las películas de mis preferencias sin pensar en el gusto promedio de ese público que su digna asociación gratifica con lo mejor del cine mundial y premia con polos y llaveros.
Yo, ignorante, me acuso de no haber percibido que los críticos debemos hablar de lo que “le gusta a la gente” sin inventar artificiales diferencias de calidad entre las películas, ya que eso sólo siembra discordia y atenta contra el principio sacrosanto del mercado libre e igual, que da oportunidades semejantes a todas las cintas que llegan a él.
Yo, inconsciente, me acuso de haber sido “guardián del buen gusto” en vez de promotor y publicista del gusto promedio, noble actitud que debe ser el Norte de nuestra actividad, destinada desde hoy a nivelar lo distinto, igualar lo desigual, y medir con el mismo rasero a todas las películas, hablando bien de unas, menos mal de otras y ofreciendo souvenirs, pitos y matracas de todas las demás.
Yo, mezquino, me acuso de ignorar a las ardillas, a las abejas, a los Transformers, a los Piratas del Caribe, a las chicas Bratz, al alien en cita con el Depredador, para preferir a Supercool, Ligeramente embarazada y Duro de matar IV, cintas comerciales que me esforcé en disfrutar ya que se apartan de los cánones del “buen gusto” y anduvieron más bien desprovistas de merchandising que repartir.
Yo, intolerante, me acuso de admirar con obstinación a seres reprobables, elitistas y decadentes (esos Sokurov, Tarr, Tsai Ming-Liang, Jia Zhang-Ke, Alonso, Kiarostami, y hasta Chabrol, Assayas y Moretti, futuros inquilinos de Guantánamo o Abu Ghraib) a los que habría que rebajarles el copete progresivamente hasta equipararlos a los gallardos defensores del gusto multiplex, como Ron Howard, Michael Bay o Robert Zemeckis, porque la propuesta es que todo dé igual y que muy pronto podamos sortear llaveritos de las versiones norteamericanas de El arca rusa, con la imagen del Hermitage generada por una computadora de la Warner en Burbank, California, o camaritas Caché, para grabar a escondidas y celebrar la cultura del ampay convertida en virtud cardinal.
Yo, plúmbeo, me acuso de creer, hasta el momento en que escribo estas sinceras líneas, en la crítica como un ejercicio de argumentación y apreciación, y no como un salpicón ecléctico de notas de aquí y de allá, sobre esto y aquello (sólo rota por algunos infiltrados que parecen salidos de La lista negra, resistiendo a los nuevos tiempos, “new age” de la crítica), rociadas por reseñas argumentales de películas que nunca llegan o con fechas de estreno que no se cumplen.
Y más plúmbeo aún por la terca insistencia de acusarlo a Usted y sus filiales en el Perú de cancelar películas, censurar imágenes, doblar bandas sonoras, entre otras tropelías. ¡Fuego eterno contra mí!. Pido castigo por no haberme dado cuenta que los multicines son los culpables, aun cuando ellos no sean los que importan las películas ni establecen las estrategias de lanzamiento en el estilo de “guerra relámpago” de los blockbusters. Pero es mejor echarle la culpa a los multicines que a Usted; después de todo, los multicines no manejan presupuesto de publicidad para el lanzamiento de las películas.
Yo, abusivo, me acuso de no haber aprovechado el inmenso alcance y poder que dan los medios de comunicación –que se calcula en varios millones de lectores y espectadores de programas culturales- para abjurar de todos los principios, llamando a la concurrencia masiva hacia los grandes estrenos del verano norteamericano, regalando carteras, aretes, llaveros, pulseras, taparrabos, polos y maletines para la playa.
Yo, arcaico, me acuso de haber dejado pasar (por desconocimiento de las técnicas más modernas de mercadeo) la posibilidad de convertir la actividad crítica en “infopropaganda”, es decir de actuar como un Jorge Hané del cine (o como se llame el personaje de Reduce Fat Fast que anuncia el cable), que parece dar informaciones serias y científicas sobre sus productos para después poner el “¡llame ya!”. Otro réprobo, marrano y relapso crítico elitista llamado Jonathan Rosenbaum en un libro llamado “Las guerras del cine. Cómo Hollywood y los medios conspiran para limitar las películas que podemos ver” (Uqbar Editores y Festival Internacional de Cine de Valdivia, Chile, 2007) desnuda las técnicas que usa su dignísima corporación para captar (perdón, persuadir) a los críticos y obtener su docilidad, mediante junkets (entrevistas parametradas con actores y directores, realizadas en hoteles de Nueva York, Londres y Los Ángeles luego de la presentación de la película para la prensa internacional) e invitaciones especiales a rodajes y demás. Pero ese libro, claro, sólo es apto para los que se resistan a firmar una autocrítica como esta.
Bueno, Señor, ya me cansé de flagelarme. Sólo espero que León Frías, Cabrejo (con su gusto vicioso y perverso por las películas caletas y crueles que serán derrotadas en esta guerra a favor del cine familiar, el gusto satisfecho y el pensamiento único), y todos los otros colaboradores del blog, de varias generaciones, sigan mi ejemplo, firmen su autocrítica y se dejen de jorobar.
Atentamente, quedo de Usted,
Soy leyenda















