
El Dominical, del diario El Comercio, publica hoy este artículo de Isaac León Frías sobre el caso de censura a La mujer de mis pesadillas.
Hace pocos días en el blog Páginas del diario de Satán (paginasdeldiariodesatan.blogspot.com), Ricardo Bedoya denunció algunas supresiones en la copia de estreno de la película La mujer de mis pesadillas, de los hermanos Farrelly, un duo que viene cultivando al interior de la comedia hollywoodense una modalidad de humor que apela a la desmitificación de los postulados románticos tradicionales en el género, utilizando mecanismos de inversión del sentido (por ejemplo, la conversión de "la mujer de los sueños" en la mujer de las pesadillas, en este caso) y recurriendo a giros y detalles de carácter escatológico y trash, muy notorios a partir de Loco por Mary. De acuerdo a la denuncia la copia de estreno que vio Bedoya en la función de las seis de tarde del 1 de noviembre, en Cineplanet Risso, no corresponde a la que se exhibió en la función de prensa. Algunas imágenes consideradas como aptas para mayores de 18 años han sido eliminadas para otorgarle a la película la calificación de mayores de 14.
Las supresiones inflingidas a La mujer de mis pesadillas parecerán seguramente mínimas a quienes - por desgracia son muchos- ven las películas sin importarles si están completas o no, o las ven empezadas o se saltan partes de ella, etc., algo que el zapping televisivo y el consumo creciente de videos incrementa sustancialmente. Pero la difusión en salas públicas de un film mutilado, por pequeños o a veces imperceptibles que puedan ser los cortes, atenta seriamente contra la integridad de la cinta y constituye una estafa al espectador. Algo que debería ser materia de sanción o penalidad, pues en términos comerciales es algo similar a la venta de un producto cualquiera al que se le disminuye o resta parte de su contenido.
Esa práctica ha sido usual en el pasado, y en ella se confunden por cierto los intereses de los distribuidores y de los dueños de las salas. Aligerar las películas, reducir el metraje original era un modo común de hacerlas más "llevaderas" o menos densas o lentas, esas calificaciones que se siguen utilizando para descalificar o desmerecer los atributos de un filme. Por cierto, "así ha venido la copia" era la respuesta que se encontraba cada vez que uno reclamaba por esas reducciones, teniendo a la mano la información del metraje original.
Las supresiones inflingidas a La mujer de mis pesadillas parecerán seguramente mínimas a quienes - por desgracia son muchos- ven las películas sin importarles si están completas o no, o las ven empezadas o se saltan partes de ella, etc., algo que el zapping televisivo y el consumo creciente de videos incrementa sustancialmente. Pero la difusión en salas públicas de un film mutilado, por pequeños o a veces imperceptibles que puedan ser los cortes, atenta seriamente contra la integridad de la cinta y constituye una estafa al espectador. Algo que debería ser materia de sanción o penalidad, pues en términos comerciales es algo similar a la venta de un producto cualquiera al que se le disminuye o resta parte de su contenido.
Esa práctica ha sido usual en el pasado, y en ella se confunden por cierto los intereses de los distribuidores y de los dueños de las salas. Aligerar las películas, reducir el metraje original era un modo común de hacerlas más "llevaderas" o menos densas o lentas, esas calificaciones que se siguen utilizando para descalificar o desmerecer los atributos de un filme. Por cierto, "así ha venido la copia" era la respuesta que se encontraba cada vez que uno reclamaba por esas reducciones, teniendo a la mano la información del metraje original.
En realidad, en algunos casos las casas matrices reducían, y reducen, para la exhibición internacional o para ciertas regiones (América Latina es una de ellas) la duración inicial. Pero en muchos otros, los cortes se producían aquí mismo, de acuerdo a las previsiones de la posible recepción que la película podía tener.
Las duraciones que se extienden más allá de las dos horas, y salvo que se trate de títulos a priori taquilleros, han sido y son problemáticas para el negocio cinematográfico. Una película como Inland Empire, de David Lynch, además de otras razones que la hacen odiosa a los responsables del negocio, tiene una duración de tres horas que los espanta y esa es una de las poderosas razones por la cual es altamente improbable que se pueda estrenar en el circuito comercial.
Es verdad que ahora ya se da cuenta puntualmente, al menos en El Comercio, acerca de la duración, y hay información en Internet (la página IMDB es especialmente valiosa) que permite estar al día e, incluso, adelantarse a lo que viene, por lo que es más difícil que se proceda al corte "al machete" como se hacía antes. Pero lo ocurrido con La mujer de mis pesadillas indica que esas prácticas no han desaparecido y se suman a lo que ha sido materia de denuncia hace pocas semanas en la sección Luces de este diario: la pobreza expresiva de una cartelera que está por debajo del nivel que alcanza en países vecinos, debido a la exclusión de títulos que se consideran poco rentables o que se exhiben sin merecer de parte de las distribuidoras casi el menor apoyo. Si hay una pizca de variedad en la cartelera local, y no siempre, eso se debe a la acción de unas pocas distribuidoras independientes. Se dirá que ese es el libre mercado y esas son sus reglas, pero el asunto no es tan sencillo y, por lo pronto, ni siquiera se respetan algunas de esas reglas porque la oferta se concentra en unas pocas compañías que casi la monopolizan y deciden que es lo que puede ver y no ver el púbico peruano.
En contra de lo que podría parecer, estamos más bien ante una demostración cabal de que la informalidad no sólo viene de abajo, también viene, y desde hace mucho, de las empresas que comercializan el material fílmico en el Perú. Ante un hecho como el que se revela en la copia que se exhibe de La mujer de mis pesadillas resulta por completa hipócrita, además de ineficaz, la campaña contra la piratería que predica que sólo se vean las películas que las distribuidoras ofrecen (con las eventuales y subrepticias manipulaciones ejercidas sobre ellas) y la oferta de videos legales, clamorosamente insuficiente y con precios ajenos a las posibilidades de la mayoría. El estímulo y la promoción de la informalidad y del mercado pirata proviene en una cierta medida del estado de la cartelera y de las prácticas de los responsables del negocio que, seguramente y una vez más, como ocurrió recientemente en el debate que propició la sección Luces, de El Comercio, mantendrán absoluto mutismo. Total, tienen la sartén por el mango y no hay quien les ponga límites.
Por otra parte, hasta hace algunos años tuvimos una comisión encargada de establecer la calificación por edades, la misma que provenía de los tiempos en que el Estado ejercía la censura sobre filmes considerados inadecuados. Con la aparición de los multicines son los responsables del negocio los que deciden esa calificación, cosa que favorece los cortes que permitan bajar el márgen de edad y llegar a un segmento más numeroso de espectadores. Eso no puede ser así. A falta de otro organismo, el CONACINE, en el que también están representados los distribuidores y los dueños de las salas, podría asumir esa función pues dejarlo a criterio y a merced sólo de estos últimos es casi como poner al gato de despensero.
Isaac León Frías
Es verdad que ahora ya se da cuenta puntualmente, al menos en El Comercio, acerca de la duración, y hay información en Internet (la página IMDB es especialmente valiosa) que permite estar al día e, incluso, adelantarse a lo que viene, por lo que es más difícil que se proceda al corte "al machete" como se hacía antes. Pero lo ocurrido con La mujer de mis pesadillas indica que esas prácticas no han desaparecido y se suman a lo que ha sido materia de denuncia hace pocas semanas en la sección Luces de este diario: la pobreza expresiva de una cartelera que está por debajo del nivel que alcanza en países vecinos, debido a la exclusión de títulos que se consideran poco rentables o que se exhiben sin merecer de parte de las distribuidoras casi el menor apoyo. Si hay una pizca de variedad en la cartelera local, y no siempre, eso se debe a la acción de unas pocas distribuidoras independientes. Se dirá que ese es el libre mercado y esas son sus reglas, pero el asunto no es tan sencillo y, por lo pronto, ni siquiera se respetan algunas de esas reglas porque la oferta se concentra en unas pocas compañías que casi la monopolizan y deciden que es lo que puede ver y no ver el púbico peruano.
En contra de lo que podría parecer, estamos más bien ante una demostración cabal de que la informalidad no sólo viene de abajo, también viene, y desde hace mucho, de las empresas que comercializan el material fílmico en el Perú. Ante un hecho como el que se revela en la copia que se exhibe de La mujer de mis pesadillas resulta por completa hipócrita, además de ineficaz, la campaña contra la piratería que predica que sólo se vean las películas que las distribuidoras ofrecen (con las eventuales y subrepticias manipulaciones ejercidas sobre ellas) y la oferta de videos legales, clamorosamente insuficiente y con precios ajenos a las posibilidades de la mayoría. El estímulo y la promoción de la informalidad y del mercado pirata proviene en una cierta medida del estado de la cartelera y de las prácticas de los responsables del negocio que, seguramente y una vez más, como ocurrió recientemente en el debate que propició la sección Luces, de El Comercio, mantendrán absoluto mutismo. Total, tienen la sartén por el mango y no hay quien les ponga límites.
Por otra parte, hasta hace algunos años tuvimos una comisión encargada de establecer la calificación por edades, la misma que provenía de los tiempos en que el Estado ejercía la censura sobre filmes considerados inadecuados. Con la aparición de los multicines son los responsables del negocio los que deciden esa calificación, cosa que favorece los cortes que permitan bajar el márgen de edad y llegar a un segmento más numeroso de espectadores. Eso no puede ser así. A falta de otro organismo, el CONACINE, en el que también están representados los distribuidores y los dueños de las salas, podría asumir esa función pues dejarlo a criterio y a merced sólo de estos últimos es casi como poner al gato de despensero.
Isaac León Frías











