viernes, 5 de agosto de 2011

Festival de Lima: La vida de los peces




Matías Bize pasa de la cama a la pecera. Y es que "La vida de los peces" bien podría ser un remake inconfesado de su película anterior, “En la cama”. Aquí, como allá, los encuadres encierran a los personajes; el encuentro con el pasado es combustible de las acciones; la pérdida de un hermano o de un amigo definen las vidas de los protagonistas que cargan con una culpa difusa por ello; el optar por una decisión arriesgada o intentar una segunda oportunidad es el dilema ético que enfrentan los personajes al hallarse en una encrucijada de sus vidas.

Pero lo que “En la cama“ luce frescura, aquí tiene el aire de lo ya visto y conocido. La fórmula y el peso grave de las palabras de los guionistas terminan por imponerse.

Si los personajes de “En la cama” desgranaban los secretos de sus pasados entre un coito y el siguiente, aquí las milimetradas revelaciones biográficas sobre el protagonista se suceden al paso de la visita de cada una de las estancias de la casa a la que vuelve Santiago Cabrera. Y en cada estancia, según lo exige el guión, encontramos un personaje clave: los amigos que no se ven hace 10 años, el viejo amor, la hermana pequeña del amigo muerto… Todos son catalizadores de algún episodio pretérito evocado con frases hechas o consejas populares. Diálogos previsibles aunque, es verdad, dichos con convicción por actores carismáticos.

El fuerte de Bize se halla en la dirección de los actores. Son ellos los que le dan vida a un libreto filmado con ánimo ilustrativo, a la manera de un laboratorio dramático. El personaje mira a sus viejos conocidos como peces que dan vueltas y vueltas en el interior de la pecera. Pero él es, a su vez, un ocupante más de esa pecera que la película formaliza como un espacio plano, registrado con focales largas que estallan los reflejos luminosos en el término más cercano del encuadre. Efecto visual que informa de las rutinas cotidianas convertidas en prisiones, mientras, de paso, maquilla la imagen con una coquetería un tanto cargosa (ver foto)

También la música trata de acicalar el conjunto. ¡Uf, la música a volumen creciente! Los contundentes rasgueos de una guitarra melancólica indican la gran emoción que debe embargarnos justo en el momento indicado.


Ricardo Bedoya