viernes, 30 de marzo de 2012

El amante

Se ha estrenado “El amante” (“Io sono l’amore”), del italiano Luca Guadagnino, que declara su admiración por Luchino Visconti. Y lo hace desde las primeras imágenes de la película, que muestran a Milán bajo la nieve. Es entonces que se establece el terreno de la acción: en la mansión de unos ricos industriales milaneses asistimos a un retrato de familia en interiores. Al modo viscontiano. Es decir, con el sentimiento de que toda armonía es ilusoria y que presenciaremos la representación del fin de una época, de la liquidación de un pequeño mundo, la destrucción de unas relaciones y la quiebra de toda estabilidad. La música, siempre excesiva e invasora, no cesa de recordarnos que las pasiones van a tener un papel decisivo en todo el asunto, y Tilda Swinton, con el rostro muy sereno, se perfila como la protagonista del melodrama.


Guadagnino es un manierista. Acomoda el encuadre, hace picados y contrapicados constantes, filtra las luces que llegan de fuera, trabaja la frontalidad de los espacios simétricos, ubica objetos en el primer término del encuadre para remarcar la composición. Es decir, adorna, acicala y privilegia los detalles mínimos hasta la hipertrofia. Se regodea en los objetos del mobiliario. Los tapices, los cuadros, las mesas servidas, los cubiertos, las servilletas y la vajilla: todos son personajes en esta historia y tienen tanta importancia como los secundarios, que resultan tan desdibujados como el que encarna Marisa Berenson.

Tilda Swinton es, de lejos, lo mejor de la película. Es la rusa hacendosa, la madre ejemplar y comprensiva, la esposa paciente, que de pronto recupera el sentido olvidado del deseo. Mejor dicho, el gusto del deseo, ese que liga el erotismo y la gastronomía. Lo más interesante de la película se concentra en la urgencia de la búsqueda de Tilda, con el moño que evoca al de Carlota Valdez, y acaso también con su obsesión. Y también aquello que la cinta deja insinuado, pero que se extiende como un subtexto: la atracción homosexual entre los dos amigos y la dimensión edípica de la relación de la madre con el muchacho, apuntada en su llamado final (y fatal) al orden en la lengua materna, el ruso de los afectos primordiales.

Lástima que, en una secuencia, Guadagnino cambie a Visconti por Lelouch y filme una relación sexual con focales largas, desenfoques, filtros difusores, luz lechosa, jardines floridos y música que nunca cesa. Más que amanerado, empalagoso. Más que empalagoso, efectista y complaciente.

Al final, como se podía prever, constatamos que la estirpe ha llegado a su fin, que el destino trágico se ha consumado, que el decorado ya no es el mismo y que Tilda Swinton lleva el rostro demudado.

Ricardo Bedoya