martes, 17 de marzo de 2009

La teta asustada: una nueva lectura


Desde Chiclayo, donde reside, el filósofo y profesor universitario Víctor Hugo Palacios envía esta opinión sobre "La teta asustada"


"Me ha parecido ver en “La teta asustada” tres cosas principalmente:


1) El salto cualitativo en la destreza narrativa y el montaje de Claudia Llosa; se siente una enorme distancia cinematográfica respecto de “Madeinusa”; 2) ciertos vislumbres de Víctor Erice no solamente en el sosiego de escenas que guardan intensidades latentes y en la potencialidad concedida a los planos detenidos; sino especialmente en las transiciones, en la progresión de las escenas: los fundidos en negro ayudan, pero me refiero en particular a esa sintaxis característica del español en que los conectores no son explícitos o lineales; 3) finalmente, siento que el asunto principal de la historia, al menos tanto como el hecho de los traumas reprimidos, es una cuestión artística: el origen de las creaciones personales, el problema de la fuente y las fuerzas de donde surgen nuestras ideas estéticas y nuestras realizaciones.


Detallo. A Fausta la música le sale de la boca no procurada sino espontánea como la afloración del dolor. Ella traduce en versos quechuas el estremecimiento de cada recuerdo opresivo; para Fausta no hay otro modo de expresar, de dejar salir el padecimiento contenido que por medio del aire de esas canciones que le permiten seguir respirando cada día. En cambio, a su ama, proveniente de la clase alta pero sobre todo de un medio más académico y occidental a la vez, le cuesta a menudo dar pasos en su labor de composición; su relación con la música quizá parezca cerebral y visceral más que sentida a la vista del piano destrozado que queda a la vera de la casa como un desperdicio cualquiera. Su descubrimiento de la sinceridad con que canta su sirvienta parece transmitirle una sensación comparativa de vacío, como si esa evidencia inconfutable le restregara la falsedad de su oficio elaborado, de su pose estética. El cambio de melodías porperlas de un collar, que tiene un inesperado efecto de humor en el público (o más bien de descarga de tensiones, de alivio contenido) es una elocuencia que quizá señale no solamente esto sino un rico mundo de significados y equivalencias.


No cabe duda, por último, que Llosa tiene propensión a adjudicar simbolismos sugeridos a objetos y situaciones. Estos recursos ayudan mucho a comprometerse con la historia, y llegan a formar asociaciones que desgarran: el reluciente traje de la novia encima del cadáver de la abuela que espera su entierro; la fosa cavada en cuyo fondo chapotean unos niños en una piscina de plástico azul. Ejemplos de la yuxtaposición y de tensión entre la vida y la muerte, como todo ese largo preparativo de ceremonias nupciales alrededor de una chica que ha sellado temerosa y herméticamente su intimidad, que incluso debe cortar de tanto en tanto los brotes que hacen que esta voluntad de protección enraíce literalmente cada vez más. También tienen un poder de irradiación y una belleza plástica detalles como la flor de la papa de la escena final, los cristales de colores del piano hecho astillas y la presencia vasta y purificante del mar al lado del desierto.


Quizá deba ver la película una vez más y discernir estas primeras impresiones. Pero no se me despegan del recuerdo de una proyección a cuyo término, por cierto, el público aplaudió unánimemente en la sala del cine de Alcázar, el día del estreno, despertando un comentario que compartí con mi compañera, mecánico y sincero: parte de la gente de aquella sala parece aplaudir lo que se hace muy cerca de ella sólo cuando se lo entrega envuelto con los lazos de la aprobación extranjera. Como en tiempos del atentado de la calle Tarata, el sufrimiento vecino, los tormentos de quienes también son peruanos sólo existen cuando se exponen de una forma que llame vivamente su atención. Es doloroso reconocerlo, pese a que no podemos ser del todo pesimistas teniendo delante los disimulados cambios que compruebo en cierta democratización de la cultura del país y que veo, por ejemplo, simbolizada en el sencillo hecho de que gran parte de la sociedad"aristocrática" baile las tonadas del Grupo 5 o Agua Marina.


Lo hermoso del arte es justamente permitir esas reconciliaciones y acercamientos que cientos de bien fundados discursos intelectuales no podrán instaurar en los ciudadanos y que, además, ninguna determinación presidencial podrá impedir. “La teta asustada” es ya una buena película sin tener en cuenta los silenciosos servicios que pueda prestar en su impacto social. Sin embargo, su convergencia con las intenciones de la Comisión de la Verdad y Reconciliación le agrega posibilidades de un recuerdo especial, de un arraigo cultural muy promisorio."


Víctor Hugo Palacios

3 comentarios:

Anónimo dijo...

Victor Erice???!!!!, mejor que no te escuche el genial director español, pero me recuerda mucho la epoca que por estos lares compararon a Tamayo con Manoel de Oliveira o a Mendez con Lars von Trier,..... o a Waldir Saenz con Zinedine Zidane!!!!

Anónimo dijo...

Aprende a leer, anónimo. Usar una referencia no es establecer equivalencias ni decir que uno es igual o mejor que otro.

Luis Saco dijo...

Al anónimo de las 11:47. Usar una referencia SI es establecer equivalencias. Si no, para que las usa. Cuando uno compara, asemeja. Si lo que se comenta, le recuerda al comentarista tal película, actor u escena si establece paralelos de equivalencia que son captados por la mente del lector.