martes, 3 de marzo de 2009

La duda


Hubo una época en que las películas se construían en torno de una actriz convertida en personaje fijo, permanente. Greta Garbo convirtió en icono su gesto de melancolía, su morbosa satisfacción de sentirse siempre triste y su posada languidez. Contra ella, Joan Crawford impuso su carácter de mujer emancipada gracias a las cejas cargadas, la espalda desafiante, los movimientos bruscos, la boca inmensa y los ojos dominándolo todo. Jugando con su figura de voraz Betty Boop pasada por la imaginería camp del transformismo sexual, la Crawford aseguró un lugar en el turbio mundo de las revanchistas, vengativas, arribistas y calculadoras. Marlene Dietrich era un objeto más de los delirantes decorados en las películas de Von Sternberg, fetiche expuesto como tal, puro objeto de deseo. Y así, muchas otras.


Pero la era de las estrellas siempre iguales a sí mismas desapareció con el sistema que creó los grandes estudios de Hollywood. Quedaron actrices, unas más poderosas, seductoras, carismáticas que otras, pero carentes de la densidad mítica de antaño. ¿A qué viene esta introducción? Al desempeño de Meryl Streep en “La duda”, pero también en “El diablo viste a la moda” y “El candidato de Manchuria” y en algunas otras apariciones dramáticas de la última década. En ellas, Streep hace de Davis, mejor, evoca o se apropia de los manierismos que convirtieron a Bette Davis en la dama de prestigio del cine norteamericano.


“La duda” es una película interesante pero no demasiado inspirada. El director John Patrick Shanley filma con limpieza y caligráfica corrección una adaptación de su propia obra teatral. Buena parte de su trabajo se centra en dar consistencia y verosimilitud a la dirección de sus actores, que encarnan personajes enfrentados por sus concepciones de la vida. Philip Seymour Hoffman es el padre Flynn, un sacerdote que celebra los cambios que ha traído consigo el Concilio Ecuménico Vaticano II en los años iniciales de la década de los 60. Es relajado y cómplice de sus alumnos y esa actitud tal vez sea la causa de la sospecha que suscita su relación con el único alumno negro de la escuela regentada por la hermana Aloysius Beauvier (Meryl Streep). La hermana, demás está decirlo, carga todas las frustraciones de una vida familiar segada por la Segunda Guerra Mundial. Es intolerante y prejuiciosa. No duda; acusa al sacerdote de mantener una conducta impropia con el muchacho.


El engranaje dramático de la película es muy simple: la trama nos conduce hasta una situación oscura y comprometedora para el Padre Flynn a la que sigue una explicación racional y sensata que parece aclararla. Pero luego sale a flote un detalle que complica la posición del sacerdote, seguido de una nueva justificación del acto que “normaliza” su comportamiento, y así... Nada encuentra una explicación final y la opacidad se impone. En el camino nos topamos con dos actuaciones notables, la de Amy Adams, como la desconcertada Hermana James, y sobre todo la de Viola Davis, como la madre del muchacho, que protagoniza la mejor escena de la película: una larga conversación con Meryl Streep en la que desmonta la intolerancia de la religiosa a fuerza de serenidad, sentido común y una desencantada solidaridad de madre con la real condición de su hijo.


Pero volvamos a Meryl. Que es una actriz superior está fuera de toda duda. Pero la preferimos introspectiva, reconcentrada, motivada, como en “La amante del teniente francés”, “La decisión de Sophie”, “Silkwood” o “Los puentes de Madison”. En “La duda” pareciera llevar la máscara del gesto codificado, la marca del sistema de Francois Delsarte, el teórico del siglo XIX que codificó los gestos y posiciones corporales de la emoción. Un ceño adusto, una ceja sublevada, una boca contraída eran los signos faciales catalogados de la furia, la ambición, el dolor o la rapiña en un estilo que ahora luce anacrónico. Aquí, la barbilla de Meryl Streep, surcada de arrugas, se contrae, se frunce, se tensa para contrastar la rigidez de las mejillas, el hielo de la mirada y el arqueo de su ceja izquierda. Una y otra vez esa barbilla concentra la fuerza de la intolerancia y necedad de un personaje, más allá de las palabras, a fuerza de pura exterioridad. De allí el recuerdo de Bette Davis apelando a la movilidad y brillo de sus ojos inmensos, en contraste con la languidez de su rostro en los años treinta y cuarenta, o con la rigidez de sus facciones en los cincuenta y sesenta, transformada ya en la truculenta gárgola de “¿Qué pasó con Baby Jane?”. Si “La duda” se hubiera hecho hace cuarenta años, el casting le hubiera dado el papel a Bette. Ahora se lo ofrece a Meryl, que se apodera de la película acentuando su imagen de dama temperamental del cine norteamericano a punto de cumplir sesenta años. Que su admiración por Bette Davis nunca la convierta en gárgola.

Ricardo Bedoya