jueves, 9 de agosto de 2007

Diario de Festival XIV: Reseñas



Echemos una mirada a películas atractivas, o no, vistas en el Festival

Olor a caño y Héros

Olor a caño, cinta en competencia oficial del brasileño Heitor Dhalia, y la francesa Héros, de Bruno Merle (selección de la Semana de la Crítica del Festival de Cannes) comparten un rasgo: son películas realizadas desde el dispositivo de una mirada obsesiva, permanente, intrusa. La cámara observa a dos personajes maníacos que ponen en escena, con un sentido agudo del histrionismo, su fijación por el poder.


En Olor a caño, Lorenzo, el protagonista, es un cineasta en potencia o acaso un realizador frustrado. Ama encuadrar con la imaginación, con un ojo real y con una prótesis ocular, su objeto de deseo, el trasero femenino, para convertirlo en fantasía o en materia de pura contemplación.


La película apuesta al voyeurismo desatado y a la necesidad de posesión, después. Voyeurismo como se debe: mirando el fragmento y no el todo, obsesionándose con el detalle, y repitiendo la rutina repetitiva del poseído por una idea fija, para terminar ampliando su obsesión a cuanto agujero o fragmento encuentre en su entorno. Un hueco en el piso se convierte en un pasaje al infierno; un sumidero es la posiblefuente de olores corporales. Lorenzo es un modelo empequeñecido del Archibaldo de la Cruz, de Buñuel, aunque desprovisto de las pulsiones homicidas.


Ese lado perverso es el más logrado de la película, que cojea cuando el mirón se convierte en verdugo y decide comprar la desnudez de las mujeres.La truculencia gana la partida en Olor a caño, que no deja, a pesar de eso, de ser una película atractiva.


Héros, en cambio, es una versión apenas confesada de El rey de la comedia, de Scorsese, pero sin su fuerza corrosiva. La histeria del protagonista se convierteen ocasión para el grito vociferante, la mueca permanente, el juego metalinguístico con la cámara observadora, la gesticulación sin fin y un encierro interminable.


El telón de azúcar
Este documental de Camila Guzmán Urzúa -hija del realizador chileno Patricio Guzmán- es clásico en su factura y muy crítico y desencantado en sus resultados. Presenta el cuadro desolador de una generación diezmada en la Cuba actual.


La directora estudió el colegio en la Cuba de los años ochenta, hija de padres chilenos exiliados después del golpe de Pinochet. Veinte años después regresa a la isla para reencontrar a sus compañeros de escuela.


Ellos evocan la felicidad de entonces, contrastada con las limitaciones y carencias de hoy. Algunos son incondicionales en su evocación; otros lamentan el adoctrinamiento ideológico aplicado por las escuelas cubanas desde los primeros años de la infancia; uno se distancia de los valores inculcados por el socialismo, como la práctica terrible de la delación. Todos fechan el inicio del desastre: el "período especial" que empieza con el derrumbe del bloque soviético.


La mayoría de esos compañeros de escuela, "pioneros del socialismo", ya no vive en Cuba. Están repartidos por el mundo y ya no tienen los ideales de otrora. Como la propia realizadora, que vive en Europa.


Camila Guzmán no se lanza a ofrecer el diagnóstico de los males que afligen a Cuba, ni lamenta su sistema de gobierno, ni señala los problemas estructurales del régimen. Se limita a dar cuenta de los contrastes de la memoria -tal vez idealizada por la infancia- de los escolares de entonces y de los adultos decepcionados de hoy.


A pesar de estar narrado en primera persona, el documental evita la opinión carente de sustento y el patetismo provocado por la decepción colectiva. El testimonio punzante está en las imágenes ruinosas de un paisaje, un sistema, un proyecto de sociedad y una ilusión generacional.


El telón de azúcar es un retrato desolador de la Cuba de hoy.


Pudor
Es fácil el juego de palabras, pero no queda otra posibilidad. Esta película española es impúdica en su carrusel de desgracias personales narradas sin el menor sentido del ritmo, de la mesura, de la ponderación. Los actores simulan el dolor a partir de alguna forma extrema y monocorde de expresión de la constipación emocional. El relato es informe, fofo, alargado a fuerza de proliferar en elementos secundarios y parásitos. Pudor está basada en una novela del peruano Santiago Roncagliolo.


Pudor, la película, es un desastre.


Ricardo Bedoya