miércoles, 1 de agosto de 2007

Diario de Festival III: Argentina en el primer día


Empezamos con los comentarios de las películas del Festival de Lima. Serán notas a vuelapluma, casi impresiones, escritas con la limitación de la primera visión.

La programación del primer día del festival está dominada por las películas argentinas que son, en conjunto, las mejores de la competencia de ficción, sobre todo por la presencia de Una novia errante, de Ana Katz, que comentaremos en un próximo post.

El otro, La antena y Suspiros del corazón compiten en la sección de ficción.

EL OTRO
Premiada en Berlín por el Jurado y recompensada por la actuación de Julio Chávez, El otro, de Ariel Rotter, trata de encontrar la cuadratura del círculo: ¿cómo sembrar de simbología trascendental el transcurso de una película que a la vez quiere ser escueta, justa, mínima, basada en el registro de gestos y movimientos regulares, los del cuerpo macizo y acompasado del actor Julio Chávez, el mismo de Un oso rojo, Extraño y El custodio?

Pues tomando las ideas elementales de El pasajero, de Antonioni, y de El otro señor Klein, de Losey, pero despojándolas del sentido trágico de la existencia que las informa.

Jack Nicholson, en el filme de Antonioni, y Alain Delon, en el de Losey, son seres que asumen identidades ajenas porque tienen pasados que exigen cuentas por saldar, culpas, angustias, laceraciones, turbulencias y desgarros internos, formulados o no. El gesto de Desouza (Julio Chávez) protagonista de El otro, se encarga de informarnos que su hartazgo es el de cualquier hijo de vecino que tiene un padre viejo y achacoso que exige sus cuidados y que espera un hijo pasados los cuarenta años. Es un hombre opaco, mínimo, casi banal, transparente aún en sus silencios. No hay tragedia en su vida.

Pero su trayectoria hacia un pueblo de Entre Ríos está presentada con el énfasis de lo decisivo, de lo absoluto, de lo que sugiere a cada paso la importancia de la vida y la muerte, el cambio del destino y la posibilidad de ser otros y muchos en el lapso silencioso de cuarenta y ocho horas.

El hombre que nunca estuvo se torna, gracias al artificio del guión, en impostor, acosador, seductor, doble de otros, alter ego de un desaparecido, usuario de las propiedades de un muerto, espectador de la desnudez de una adolescente, médico imaginario, fallecido, revivido, vuelto a nacer, taumaturgo accidental con poderes para resucitar a una anciana. Un digest de la aventura existencial en apenas ochenta minutos de proyección.

Los datos del hombre banal parecen mínimos pero el tratamiento de la película, en su acongojada seriedad, nos expone ante la sucesión de la vida, la muerte, la resurrección propia y la ajena, el miedo a la paternidad y la visión anticipada de la propia decrepitud, todo en una, y sin mover mucho la cámara, calculando con manía cada encuadre, manteniendo diálogos y situaciones fuera del campo visual, suprimiendo la música, y pidiendo a Chávez que haga lo mejor que sabe: quedarse al margen, jugar a la impasibilidad; es decir, corporizar y no representar.

Ariel Rotter filma con precisión milimétrica y aprecia subrayar, al interior de cada encuadre, la obviedad de ideas y conceptos (Uno es el Otro; el Otro es todos) que se repiten hasta el hartazgo: los reflejos en el espejo de Uno y el Otro; el contraste con los maniquíes que desdoblan al Mismo; la resurrección por procuración; la metáfora del ver y el no ver con la que empieza la película, ante la tablilla oftalmológica que prescribe la presbicia urbana y doméstica y la visión amplia y nítida en el otro lugar: espacio de la deriva y las nuevas identidades. El mejor momento de la película es uno en el que parece imponerse un misterio opaco, lejos de cualquier significación apoyada: Desouza deambula solo por la carretera, de noche, acaso porque en ese momento no tiene identidades ni máscaras para cubrirse.

No es que El otro sea una cinta sin identidad o de señas esquivas, como las de Desouza. No; las tiene, pero opacadas por sus antecedentes: desde Antonioni hasta Extraño o El custodio, esas cintas que hacen las veces de Otros, identidades tomadas en préstamo por el filme de Rotter, que atrae siempre, aunque al fin y al cabo sea derivativo y epigonal.

Tal vez, como dice Jorge García en una carta, El otro sea, en el panorama del cine argentino actual, sólo un “discreto exponente del subgénero "películas con Julio Chávez".

LA ANTENA
La antena, de Esteban Sapir, es un laborioso ejercicio de calco postmoderno y un quiz referencial de segundo grado. Impresiona por la calidad de su diseño visual que combina trucajes sofisticados, alterna maquetas evocativas, apuesta a la ingenuidad de las miniaturas y baña todo en un blanco y negro que alude al cine mudo y a las sobreimpresiones de Méliés y Dziga Vertov junto con la exhibición de mecanismos y engranajes a la manera de las vanguardias futuristas y el formalismo ruso. A lo que se agregan, claro, guiños a Metrópolis y un saqueo en forma de los ambientes, escenografía, estilo visual, calidad monocromática y hasta gestualidad de los actores de una película del canadiense Guy Maddin como La música más triste del mundo (2003).

El problema de la película es que se presenta como una fábula política ejemplar, didáctica, carente de gracia y humor. La historia de una sociedad regida por el malvado Señor Televisión que ha robado las palabras y la voz de los humanos para convertirlos en seres consumistas y pasivos daba a lo más para un corto de veinte minutos. La antena se prolonga por una hora y cuarenta minutos más.

SUSPIROS DEL CORAZÓN
¿Qué explica la presencia de un desastre como Suspiros del corazón, de Enrique Gabriel, en la competencia de un festival de cine?

Peor aun representando a Argentina, país que tiene una producción cinematográfica variada y atractiva y que hace películas populares y comerciales bastante mejores que esta.

Que una antigualla de humor anacrónico, chistes vociferantes y guión escolar como Suspiros del corazón se dé en una presentación cualquiera dentro del Festival, vaya y pase, pero su exhibición en competencia, quitando espacio a otra cinta de su propio país o de cualquier otro, es una lamentable decisión de programación.

Es la pésima película que equivale a la programación de El buen destino, la calamidad de Leonor Benedetto exhibida el año pasado.

Ricardo Bedoya