domingo, 8 de agosto de 2010

Festival de Lima: Rabia


“Rabia”, del ecuatoriano Sebastián Cordero, no es una gran película, ni mucho menos, pero es un punto fuerte de la selección oficial. Las primeras imágenes parecieran llevarnos a una historia de marginalidad de “sudacas” en España. Pero las cosas van deslizándose hacia otros terrenos.

El relato deja ver, poco a poco, un atractivo costado fantástico. El protagonista es un sudamericano irascible que no admite ningún acercamiento a su novia, una bella colombiana que trabaja como empleada de una familia española. Luego de cometer un asesinato, se oculta en el ático de la casa donde trabaja la muchacha. Desde ahí controla cada uno de sus movimientos y es el escondite perfecto porque la policía no puede sospechar del lugar, dada la respetabilidad de sus habitantes.

La vieja y enorme casa se va convirtiendo de a pocos en un lugar siniestro que esconde a un personaje ubicuo que, pese a la disposición de su escondite, mantiene un control panóptico del lugar. Sabemos que es un hombre peligroso, con accesos de furia propios de un licántropo, pero también es un hombre enamorado que esconde su presencia y sus pulsiones como si fuese el fantasma de la ópera, atento desde algún lugar a cada movimiento de la amada.

Sebastián Cordero apuesta al género y logra inquietar poniendo a su personaje en estado de necesidad, con hambre, con deseos, con impulsos imposibles de satisfacer de inmediato. La naturaleza bestial del sujeto se va humanizando conforme la situación es más exigente e improbable.

La película tiene baches, líneas narrativas que quedan descolgadas, personajes que entran y salen sin crear tensiones, conflictos ni consecuencias así como varias falsas pistas, pero en lo esencial es lograda e interesante. Crea una atmósfera y es sugerente a pesar de la obviedad de la metáfora (los sudamericanos vistos como ratas que se apropian de los espacios de los “otros” mientras afirman sus posibilidades de sentir y reproducirse: el destino son las “ratas”) que se encarna bien en la acción. Pero tiene un mérito mayor. Sebastián Cordero apuesta sin pudor a las convenciones de género, pero no de modo ingenuo, acaso para complacer al público asimilando las fáciles soluciones de la fórmula, sino para potenciar el relato, abrirle sentidos nuevos (el torso desnudo del personaje en la secuencia final evoca la desnudez del lobizón al amanecer de su pesadilla violenta) y mezclar la fantasía siniestra con la potencia del melodrama.
Ricardo Bedoya