viernes, 6 de agosto de 2010

Festival de Lima: Dos hermanos, de Daniel Burman


"El abrazo partido" y "Derecho de familia", de Daniel Burman, eran películas apreciables que mostraban a un realizador sensible, pudoroso, atento a los detalles, buen director de actores. Nada de eso queda en "Dos hermanos", que es una cinta con personajes sofocados por un guión autoritario, verboso, declamatorio, misantrópico. Una extraña fusión de comedia esperpéntica al estilo de "Esperando la carroza" y alguna de esas decrépitas y verbosas películas argentinas que gustaban de concentrar la explicación del cosmos en líneas cargadas de "sabiduría" del libro gordo de Petete.

Dos hermanos enfrentan la vejez y la decadencia física; es decir, el cambio de vida, de rutinas, de domicilio. El varón (Antonio Gasalla) es apocado, y la dama es una "vieja dama", no indigna como la de Brecht-Allio, sino impositiva y represiva. La encarna, claro, Graciela Borges, exhibiendo todo su divismo, y a la que la camara de Burman no da tregua: su rostro ya no es capaz de manifestar expresividad gestual alguna. Es una máscara rígida.


Sólo le resta hablar de modo abundante, con incontinencia, de todo: de las cenas televisivas de Mirtha Legrand, de las recepciones en las embajadas bonaerenses, del precio de los inmuebles, de su realidad imaginaria. Pero sobre todo dice el desprecio que siente por su hermano, al que sabotea en sus iniciativas. Es decir, el personaje está ahí para que las antipatías del espectador se ceben sobre ella, al menos mientras se muestra falsa, odiosa, sádica, antagónica a la serena paciencia de Gasalla, mortificado en silencio por la desdichas de la vida, resumidas en el esquivo roaming de su teléfono.

Y media película transcurre en un intercambio verbal permanente, a la manera de una apolillada pieza teatral que acumula momentos ridículos: el primer reclamo por el roaming; la patética imagen de Gasalla llevándose la comida del cóctel: la escena de los hermanos escuchando a través de las paredes usando vasos como amplificadores.

Pero las cosas no quedan ahí y entonces llega lo peor: un final redentor y edificante, que se resume en el plano final, "lírico", embellecedor, de reconciliación, con dos siluetas frente a la naturaleza. Increíble.


A pesar de todo lo dicho, la película tiene un buen momento: la cena de Gasalla con su profesor de teatro. Tal vez porque ahí los silencios y los diálogos indirectos sugieren cierta humanidad en personajes que están maniatados por un diseño de caricatura.


Ricardo Bedoya