sábado, 7 de agosto de 2010

Festival de Lima: Los labios, otra vez

Los labios de Santiago Loza e Iván Fund es una película atípica, secreta, densa, que crece en el recuerdo. Para seguir la trayectoria de tres mujeres que viajan a cumplir un trabajo de asistencia social en el empobrecido norte de la Argentina, la película inventa un dispositivo particular: documenta el desempeño de actrices que cumplen roles predeterminados pero abiertas a enfrentarse con la naturaleza aleatoria de la realidad. En el mismo encuadre, frente a la misma cámara y los mismos micrófonos, aparecen actrices que interpretan un guión abierto, de construcción libre, y pobladores “reales” que testimonian ante la cámara de enfermedades y carencias económicas.

En las secuencias de atención sanitaria, las actrices “performan” sus roles ante nativos del lugar, niños enfermos, embarazadas con problemas de gestación, familiares preocupados. Desde la “representación” se interpela a la realidad, sin marcar linderos entre ellas. La película, por eso, es el reportaje de una situación social concreta, pero también un documental sobre tres actrices lanzadas a lidiar y dar réplicas a situaciones imprevisibles.

En las secuencias nocturnas o en los momentos de soledad, en cambio, las actrices se libran a la exhibición de intimidades y soledades mientras una gama de relaciones ambiguas y lacónicas se establecen entre ellas. En el “backstage”, el registro de la hechura de la película, vemos a las actrices maquillándose y preparándose para salir a “escena”. Una escena que no es la de la ficción, sino la de la realidad.

“Los labios” no juega sobre seguro ni ofrece conclusiones. Se sustenta en lo indefinido, lo poroso, lo abierto, lo incompleto, lo incierto. Vemos a los “personajes” en sus inquietudes nocturnas, sus insomnios intranquilos o sus llantos inexplicados. Sólo eso y no hay más, ni falta que hace. Los labios se inserta en la vía abierta por Eduardo Coutinho en "Juego de escena" e indaga en los imprecisos linderos que existen entre la "performance" y la realidad.
La secuencia final del cumpleaños, con el hombre cantando, es formidable.
Ricardo Bedoya