jueves, 26 de abril de 2012

Otra vez, BAFICI 2012


La nota que escribí sobre el último BAFICI ha provocado más de un comentario, no aquí, pero sí en Buenos Aires, en blogs y en comunicaciones personales. Lo que más me objetan son mis presuntos reparos a la obra de realizadores desconocidos presentada en focos y retrospectivas. Tal vez el modo en que lo expresé no fue muy acertado, lo reconozco, visto el malentendido que se ha creado. Por ello quiero aclarar que no tengo el menor reparo a que se programe en el BAFICI o en el Festival Internacional de Cine de la Universidad Autónoma de México (FICUNAM), al que también asisto desde su edición inicial en 2011, muestras de cineastas independientes de diversas partes del mundo muy poco o nada conocidos.

Justamente, lo que caracteriza a esos festivales, y es una de las principales razones por la que asisto, es la amplitud en la selección de propuestas novedosas, curiosas o extrañas, es decir, aquellas que rompen los moldes establecidos, incluso dentro de lo que convencionalmente se conoce como el cine de arte.

Todo eso está muy bien, pues si no, ¿quién lo haría en el panorama de los festivales regionales? Junto a esas muestras, sin embargo, considero que le hace falta al BAFICI una de las retrospectivas al estilo de las que hace algunos años ofrecían, la de un cineasta independiente de mayor relieve o notoriedad, como es el caso de Jean Eustache o Hou Hsiao-Sien(foto), que mencioné en ese texto, o también Chantal Ackerman o la pareja Jean-Marie Straub- Danielle Huillet, que también han sido objeto de retrospectivas en el BAFICI. No me estoy refiriendo a nombres consagrados más o menos digeribles por las audiencias de las salas de arte habituales, sino a creadores con propuestas, digamos, más avanzadas y diferenciadas.

Desde luego, Buenos Aires no es Lima y allá hay dos salas que compiten (y lo hacen muy bien) en la programación ordenada de muestras a lo largo del año que ya quisiéramos ver en Lima, y que son el MALBA (Fernando Peña dirige la programación de la sala de cine de ese Museo) y la sala Lugones del Complejo Cultural San Martin, a cargo de Luciano Monteagudo. Los programas de esas salas y la presencia en la cartelera argentina de una variedad de películas que no vemos aquí en Lima (a no ser, claro, en dvds o blu-rays), hace que uno se sienta, para decirlo en términos de Emilio Bustamante, un crítico de la periferia que escribe para la periferia. La periferia limeña, claro está, que es una mini-periferia.

Durante los días del BAFICI, para poner unos pocos ejemplos, se estaban exhibiendo en salas comerciales de Buenos Aires, y después de muchas semanas de permanencia, dos documentales que con seguridad no se verán en Lima: "Pina", de Wim Wenders, y "La cueva de los sueños olvidados", de Werner Herzog. Estaba, además, "Carnage", el último Polansky, que al parecer si se estrenará en Lima (tarde, por supuesto), y "Kevin", una cinta de Lynne Ramsay, con Tilda Swinton (1)

Cierto, está el espacio inconmensurable de los dvd y los blu-ray que nos igualan y que, gracias a Polvos Azules, nos permiten superar incluso lo que se ve en otras partes, gracias a esos medios y a las bajadas de Internet. Pero la referencia que yo hago en este texto es al espacio público de exhibición, ese en el cual nos encontramos en una clamorosa situación de inferioridad. Ese que encuentra en el BAFICI un canal de salida que nos pone en contacto con obras de diversa procedencia que se someten al escrutinio de críticos, cineastas y aficionados y que dan lugar a debates e intercambio de ideas en encuentros y a través de blogs y redes. Eso que todavía no se ha estabilizado y, probablemente, no se estabilice nunca en el universo entrópico (en el sentido informático de caos o desorden) de la visión individual, libre y desprogramada de películas en pequeñas pantallas. Pero aquí entramos a otro tema sobre el que le lanzó el guante a Ricardo Bedoya.

(1) El distribuidor Eurofilms anuncia el estreno de "Kevin" ("We Need To Talk About Kevin") para junio.

Isaac León Frías