viernes, 11 de abril de 2008

Peltola en el recuerdo



El actor finlandés Markku Peltola (1956-2007) falleció antes de acabar el año pasado. Y en pocos medios he visto que se acuerden de su trabajo o siquiera informen acerca de su deceso.

Desde joven se dedicó a desarrollar dos manifestaciones artísticas que le apasionaban: la actuación y la música (principalmente el rock). Como guitarrista tuvo un breve paso en la formación del grupo pop Motelli Skronkle (esto en la década de los ochenta) y posteriormente como músico solista publicó los siguientes discos: “Buster Keatonin ratsutilalla” (2003) y “Buster Keaton tarkistaa idän ja lännen” (2006). Dichos álbumes muestran la rendida admiración que tenía Peltola hacia la figura de Buster Keaton.

En el cine, llegó a ser el actor fetiche del talentoso director Aki Kaurismäki, protagonizando sus películas “Juha”(1999), “Nubes pasajeras”(1996) y “Un hombre sin pasado”(2002).

Precisamente, la siguiente reseña a “Un hombre sin pasado” servirá de texto-homenaje para un artista entregado como lo fue Markku Peltola. Dicho sea de paso, “Un hombre sin pasado” ganó el Gran Premio del Jurado en Cannes; asimismo, en el mismo Festival del año 2002 galardonaron con la mejor actuación femenina a Kati Outinen. Se llevó, además, el Premio de la Fipresci (Asociación de la Prensa Internacional) y fue nominada como mejor película extranjera en los Óscar del 2002.

La anónima melancolía del presente. Un acercamiento a “El hombre sin pasado”
“Un hombre sin pasado” (título original: Mies vailla menneisyyttä, 2002) del realizador finlandés Aki Kaurismäki es una película desconcertante, irreverente y simpática. Son los tonos y humores de un largometraje nostálgico y, a la vez, crítico en cuanto a su planteamiento dramatúrgico. Estos atributos excepcionales contrastan con las características comunes y casi esquemáticas de los seres marginales, solitarios, fracasados o desempleados que pueblan los sombríos rincones de Finlandia.“El hombre sin pasado” narra la historia de M, personaje anónimo que está en busca de trabajo. Su llegada a Helsinki será accidentada: es asaltado y golpeado ferozmente por tres delincuentes. Después de ser internado en un hospital lo declaran clínicamente muerto. En medio de la aparente fatalidad, M resucita milagrosamente sin dejar de lucir un aspecto luctuoso, escena matizada con algo de humor negro. El protagonista, presa de la amnesia, opta por huir, sin importarle las vendas que cubren su rostro; él sólo tiene trazada una meta: aventurarse a vivir. Para ello, no duda en adoptar una nueva identidad, porque es la única manera de que su apesadumbrada existencia (re)descubra el mundo.


Su reencuentro con el mundo externo y, por ende, con la vida en sociedad — y su contacto con la condición más paupérrima — le permite toparse con personas necesitadas, pero que también están dispuestas a la ayuda y la cooperación o, en su defecto, al cumplimiento de cierto “orden” y justicia. M estabiliza su situación habitando un contenedor vacío.

Es curiosa la oportunidad ambivalente que le otorga el destino. Mientras que para el sistema los hombres sólo existen con un nombre y documentación, todo lo contrario ocurre con Irma, colaboradora del Ejército de Salvación: ella encontrará en el verdadero “yo” de M la apuesta por el amor, sin importar su pasado o una comprobación de identidad.

Cabe destacar la interpretación de Markku Peltola como M, en la cual imprime frescura a tan inquietante rol: un ente con mirada impasible que desnuda su lado romántico, gracioso o delirante en cada acción (emulando los clásicos “nonsense” de Buster Keaton). Asimismo, la figura de M remite a diferentes imágenes, personajes de referencia según la eventualidad (la máscara de soldador, colocada por uno de los malhechores, lo hace parecerse al Hombre de la Máscara de Hierro; las vendas del hospital, al Hombre Invisible; y su repentina resurrección, a Lázaro.

Al hombre sin pasado los conflictos y sorpresas no le son ajenos. Para llegar a enterarse de su verdadera identidad debe padecer la sospecha de su participación en un robo bancario. M era casado pero desdichado, en pleno trámite de divorcio. Descubierta su identidad, no la asume ni recobra la memoria.

El pasado en su caso le es distante o termina siendo un capítulo cerrado. Esto motiva su retorno al submundo de la marginalidad, donde en una especie de “happy end” — válido porque no cae en sentimentalismo ni en moralina — los malhechores que abusaron de M al principio son castigados por otro grupo de marginales, para luego caer en brazos de su amada Irma.
Dentro de los recursos expresivos del film, la fotografía exuda una estilización de ensueño, estética que alterna azules nocturnos, dorados, ocres y celestes; además la cámara registra los paisajes desolados con encuadres simétricos. “El hombre sin pasado” igualmente puede verse como una crónica de la Europa actual. Su virtud está en no subrayar la denuncia hasta el colmo del panfleto.

Alfonso González Vigil