lunes, 21 de abril de 2008

Found Footage: experiencias extremas


El BAFICI despertó mi interés en conocer más sobre el found footage (ya algo les había comentado sobre el trabajo de Ken Jacobs, cineasta que trabaja desde esta perspectiva estética), y que consiste en construir un relato propio (sobre todo con halo documental) a partir de películas, fotos, imágenes televisivas, etc. Crear a través de archivos encontrados en filmotecas, museos, o la basura y que suelen ser en su mayoría material inédito es la esencia del found footage, cuyos mayores representantes son los estadounidenses Joseph Cornell y Ken Jacobs, el británico Bill Morrison o el alemán Peter Delpeut (quien encontró un filme de nitrato casi completo de los años 30 y lo alteró con tomas de espectadores de aquella época, creando una nueva relación entre espectador y filme en su cinta Lyrical nitrate de 1990).

Si bien, el found footage es utilizado sobre todo por cineastas avant-garde, hay ejemplos en el cine ruso, como en el de Dziga Vertov, que incluía tomas de noticiarios en algunas de sus películas. Pero si se habla de un estricto found footage hay datos de filmes realizados a fines de los años 30, como la cinta Rose Hobart (1939) que contiene escenas de una película muda de 1931.

El crítico de cine William C. Wees en su ensayo Recycled images, The art and politics of Found Footage Films considera tres tipos de montaje en este tipo de filmes: compilaciones, collage y apropiaciones. Pero a raíz del festival nos dio curiosidad por saber más de estas "apropiaciones", cosa que encontramos en el cortometraje de Ken Jacobs Perfect film, de 1985, donde se expone un rollo de película que el director encontró en una tacho de basura en Nueva York. No le quitó ni agregó nada sólo lo firmó. El rollo que estaba en la basura contenía una serie de entrevistas descartadas sobre el asesinato de Malcom X. El tema no le importaba a nadie.

Teniendo en cuenta al found footage como acto de reciclaje y como medio político es que aparecen los trabajos de la pareja armenio italiana de Yervant Gianikian y Angela Ricci Lucchi, ambos nacidos en 1942, documentalistas experimentales que me hicieron vivir quizás la experiencia más impactacte con Oh! uomo, una de las películas que conforman su trilogía de la guerra y que se pudieron ver en una retrospectiva en el BAFICI.

A través de una crudeza extrema Gianikian y Ricci Lucchi consideran en Oh! Uomo que la humanidad ha fracasado, y su visión decadente y pesimista es rastreable en cada material encontrando que reelaboran en un montaje lleno de slow motion o ralentis demorados. El fime contiene imágenes de la Primera Guerra Mundial, tanto de Rusia como de Italia, desde reuniones de dirigentes hasta una galería maldita de mutilados.

Oh! Uomo comienza con un subtítulo significativo: Un catálogo anatómico de la deconstrucción y recomposición artificial del cuerpo humano. Y es así que vemos material en sepia, quizás filmado por los mismos soldados, de niños hambrientos hurgando en la comida descompuesta, de soldados sin narices, bocas, ni manos, o de desnutridos a punto de morir. La podredumbre de la guerra se hace insoportable, pero es precisamente cuando entra a figurar una suerte de abstracción que roza lo surreal. La realidad de la guerra se enrarece, y se convierte, bajo los ojos de esta pareja, en imaginario de un Tod Browning, sobre todo cuando se da vida a la "recomposición artificial" que hace mención en el subtítulo.

Los cineastas no sólo trasmiten su compromiso moral hacia los efectos de la guerra, sino que hacen un total ejercicio sobre la necesaria preservación de la memoria, con un material donde los protagonistas eran los más olvidados (como el rollo de Jacobs hallado en un basural).

Mónica Delgado