viernes, 3 de septiembre de 2010

FRONTERAS LEJANAS: EL CINE DE AMERICA LATINA Y EL DE OTRAS PARTES (III)



IV


Si se me pidiera escoger un cine de resonancias cercanas a nuestro universo cultural e incluso a algunas opciones expresivas, escogería el de Rumania o, al menos, el puñado de cintas rumanas más recientes que se han podido ver. Excluyo de plano el cine del veterano Lucien Pintilie, de quien se vio hace poco Niki y Flo (2003, en la foto) en el último Festival de Cine Europeo. Pero sí menciono a Cristi Puiu cuyos La mercancía y la pasta (2001) y La muerte del señor Lazarescu (2005), la primera una mini-road movie con traslado de droga de un pueblo a otro a cargo de unos chicos más bien desaprensivos, y la segunda el recorrido por diversos hospitales públicos de Bucarest en los que no hay espacio para el paciente que requiere urgente atención. Estas dos cintas de Puiu no sólo podrían, mutatis mutandis, ubicarse en topografías latinoamericanas, sino que delatan una modalidad de humor negro, un sentido de la irrisión no muy distante del que sostienen La estrategia del caracol o Taxi para tres. La muerte del señor Lazarescu casi hubiera podido ser concebida, también, por el dueto ibérico formado por el realizador Berlanga y el guionista Azcona. Hay en ella diversos matices de la tradición del esperpento que Berlanga-Azcona supieron activar y que se prolonga en muchas modalidades culturales del universo latinoamericano.

El tono aparentemente serio y formal de 12:08, al este de Bucarest (2006) de Corneliu Porumboiu, centrada en un programa televisivo recordatorio del día de la caída de Ceaucescu, poco a poco va minando sus intenciones jubilatorias a través de un humor sutil y a la vez demoledor. En la línea del drama duro, Cuatro meses, tres semanas y dos días (2007), de Cristian Mungiu, sigue los afanes de una joven de abortar en penosas condiciones. Se vislumbra un archivo de historias que nos son familiares, aún cuando las circunstancias políticas (Rumania durante el gobierno comunista o en la etapa posterior de restitución democrática) no lo sean. Se vislumbra, asimismo, unas formas de representación realista y unos tratamientos expresivos abocados a la fluidez narrativa y a unos modos de comunicación que nos interpelan como espectadores. Atención, y para que no quede ninguna duda o confusión, no estoy estableciendo aquí ninguna analogía con ese cine latinoamericano más radical de trazos yermos o mínimos al que hice alusión previamente (Alonso, Reygadas, Hamaca paraguaya), ese cine que ha dado lugar, de manera injusta, a la admonición del crítico francés Michel Ciment durante su visita a Lima y sobre el que emite sus impresiones en la entrevista incluida en el número 3 de Ventana indiscreta. Es otro registro el que se articula en las películas rumanas indicadas y en otras más, un registro ciertamente más “comunicativo” a partir de relatos con puntos de apoyo emocionales o apelaciones menos sofisticadas o herméticas.

De alguna forma ese cine rumano funciona un poco como espejo al sesgo de una parte de lo que podríamos hacer, por lo menos a nivel de las propuestas que tienen como centro las ciudades y las arterias interurbanas, no a nivel de las geografías campesinas o selváticas. Y funciona así mucho más que el cine de Irán, que tiene un ethos cultural, una iconografía y una cadencia muy particulares e idiosincráticas. Menciono a la cinematografía iraní porque con ella se ha intentado a veces hacer comparaciones finalmente muy poco fructuosas, salvo aquellas que, una vez más, se podrían asociar muy genéricamente al trajinado “minimalismo”, convertido en uno de los lugares comunes de la crítica cinematográfica de los últimos tiempos.

Valga lo dicho, en todo caso, como especulación y no como invitación a la repetición o a la copia de nada. Porque, en definitiva, y este es tal vez uno de los rasgos que en mayor medida define lo que viene sucediendo, el cine que se hace en estas tierras o, al menos, el más inquieto, está marcado por la búsqueda de vías expresivas distintas a las conocidas y eso supone un camino lleno de incertidumbres, pero también de lucha y desafíos. Que esas vías expresivas puedan ser más o menos coincidentes o más o menos diferenciadas con las de esas “fronteras lejanas” es una tarea que nos corresponde señalar a los críticos, con todas las reservas del caso.


Isaac León Frías