jueves, 9 de septiembre de 2010

EN TORNO AL CINE NEGRO: DE EL CIUDADANO KANE A LOS ASESINOS (Parte 2)


El otro film que es materia de esta exposición es Los asesinos, la película que el alemán Robert Siodmak dirigió en 1946 a partir de un relato corto de Ernest Hemingway (que más tarde sirvió de base al trabajo de fin de estudios del cineasta ruso Andrei Tarkovsky, y al film en color realizado por Don Siegel en 1964). Se trata de una de las obras más representativas del cine policial de los años 40 y, por coincidencia, pues las historias no tienen nada en común, es entre las películas negras una de las que mayores afinidades tiene con El ciudadano Kane. Se ha dicho varias veces que Los asesinos reproduce la construcción narrativa de la opera prima de Welles, pero no es el primer caso de una película del periodo que lo hace. Otras, como Pacto de sangre (Double Indemnity), de Billy Wilder, y El enigma del collar (Murder my sweet), de Edward Dmytryk, ya lo habían hecho.

Sin embargo, y a eso apunta el paralelo que estoy estableciendo, hay diversas conexiones que se pueden rastrear y que, entre otras cosas, ponen en evidencia, digamos, la savia que El ciudadano Kane hizo circular en una parte del cine norteamericano de esa década y, específicamente, del cine de temática criminal, al que luego el propio Welles va a aportar dos títulos muy valiosos, El extraño y, sobre todo, La dama de Shangai.

Veamos como funcionan esos paralelos. Como en la película de Welles, una muerte (en este caso, sí, un asesinato) origina en Los asesinos un proceso de investigación que se manifiesta en una construcción en flash-backs en la que diversos personajes van reconstruyendo, o mejor construyendo, el perfil de Swede, o el Sueco, el gangster de origen nórdico, que interpreta un recién llegado al cine Burt Lancaster.

Algunos datos curiosos y poco conocidos se pueden agregar. Como han señalado especialistas y biógrafos, nada menos que Don Siegel, que 18 años más tarde dirigiera el remake, con John Cassavetes, Lee Marvin y Angie Dickinson, estuvo considerado para dirigir esta primera versión. Asimismo, se le atribuye a John Huston, que no figura en los créditos, haber escrito tres cuartas partes del guión y de haber modificado el texto original de Hemingway.

Como en Citizen Kane, el investigado es el personaje central; aquí, y como buen representante de la tendencia noir, un ostensible antihéroe, pero con una fuerte carga romántica y un halo fatalista. En cambio, el investigador, sin ser esa figura descentrada y casi invisible del film de Welles, es una presencia débil, a pesar de estar interpretado por un actor nada débil como Edmond O’Brien. Empero, la dirección de Siodmak le quita relieve, lo despoja de protagonismo, lo convierte en una figura lateral. La voracidad y megalomanía de Charles Foster Kane, de peso considerable en el film de Welles, se desplaza aquí a otros personajes a lo largo de esos once flash-backs que arman el relato de Los asesinos, lo que no significa que ninguno, empezando por el sueco, alcance a tener el peso de los protagonistas habituales de los films del cine negro. En este sentido, podríamos decir que Los asesinos es, probablemente, uno de los más “corales” de los films de esta corriente, algo bastante inusual.

Por otra parte, y aún con la ambigüedad moral que caracteriza a buena parte de los personajes principales del cine negro, hay en ellos una carga de empatía suficiente para establecer un vínculo afectivo con el espectador, empatía ciertamente afianzada por los rasgos y/o el carisma de algunos intérpretes como Humphrey Bogart, Alan Ladd, John Garfield o Fred MacMurray. En cambio, Los asesinos carece de esa apoyatura. El agente de seguros Reardon que interpreta O’Brien no genera identificación o simpatía. Pero tampoco lo hace el sueco que compone Burt Lancaster, convertido muy poco después en una de las figuras más carismáticas del cine norteamericano. Ni lo hace ninguno de los otros personajes, incluida la seductora Kitty, a cargo de Ava Gardner, cuya conducta manipuladora y perversa corresponde a la de tantas otras heroínas o antiheroínas del cine negro. Es verdad que a partir de Los asesinos, que fue un éxito de público, los antes desconocidos Lancaster y Gardner van a convertirse en primeras figuras, pero, insisto, más allá del atractivo de su imagen y de sus convincentes actuaciones, los caracteres que componen en la cinta no suscitan simpatía o adhesión emocional.

En lo anterior podemos encontrar otra conexión de Los asesinos con El ciudadano Kane, pues la configuración del personaje de Charles Foster Kane, pese a lo presente y poderosa que es, tampoco facilita esos nexos empáticos que la figura protagónica suele movilizar. Esa podría ser una razón adicional que explique la débil comunicación que la película tuvo en su limitado estreno norteamericano, aunque casi no hay película de Welles en la que se pueda detectar un personaje central que pueda generar adhesión o simpatía.

Como Citizen Kane, Los asesinos es la crónica de una derrota anunciada, pero a diferencia del primero, cuyo protagonista también disfruta de los placeres del triunfo, el sueco es un perdedor nato. Derrotado en su oficio, el boxeo profesional, se involucra en las actividades criminales sin comprometerse a fondo y marcado por el fracaso. La ilusión amorosa lo mantiene a flote, pero el desmoronamiento es ineluctable. Por aquí nos vamos deslizando hacia lo que esta película tiene en común con el universo del cine negro entendido como un laberinto sin salidas posibles, como un campo minado

Por otra parte, y a diferencia de El ciudadano Kane, Los asesinos es una obra de género, por más personal que pueda ser. Es decir, es un relato policial con un temple dramático y visual muy reconocible, más aún en el contexto en que se realiza, es decir, con muchos films precedentes con los que tiene claras similitudes. Justamente, una de las razones que explica su éxito comercial está en su pertenencia genérica y en su buen funcionamiento narrativo. A pesar de los once flash-backs, un número bastante alto frente a otros con una construcción parecida, y de la ausencia de esos puntos de apoyo en los personajes que señalábamos hace un rato, hay un indudable magnetismo en los personajes principales, además del componente del suspenso narrativo y la progresiva acumulación de datos e informaciones que activan una progresión rítmica bien modulada y eficaz.

Que no es el caso de El ciudadano Kane, donde más bien el suspenso potencial va siendo minado por el tono crecientemente nostálgico o decadente del relato y por la insuficiencia que los datos informativos revelan con relación a un secreto que parece irse difuminando conforme la película avanza.

Otro componente genérico, aunque ciertamente personalizado por Robert Siodmak, está en el tratamiento visual. Los asesinos es una de las películas de atmósfera sombría más envolventes y radicales de los años 40.


El film es muy representativo de un cine de estudios en blanco y negro y con esa clara tendencia a privilegiar los espacios cerrados y de componer en ellos las escenas más fuertes o climáticas. Y ese es otro de sus atractivos más notorios. En ese logro hay que ponderar, sin duda, el talento de Siodmak quien, curiosamente, se inició en Alemania con una película absolutamente opuesta en su estilo y tratamiento al de las películas expresionistas alemanas de la década del 20, Gente en domingo, más bien una crónica dramática que puede verse como un antecedente de ese aire de espontaneidad que buscaron los cineastas de la nueva ola francesa y de otros nuevos cines de fines de los 50 y comienzos de los 60.

La carrera de Siodmak, sin embargo, siguió otros derroteros más adelante tanto en Francia como en Estados Unidos, al punto de convertirse en uno de los nombres más Importantes del ciclo de películas negras. En esta vertiente estuvo a cargo de varios títulos relevantes como La dama fantasma, La escalera de caracol, Tras el espejo, Una vida marcada (Cry of the City), Sin ley y sin alma (Criss Cross), además de Los asesinos.

El cine negro está asociado al blanco y negro y a la escenografía de estudio. En tal sentido, Los asesinos es casi la quintaesencia de esa corriente, con un tratamiento de la luz que crea atmósferas ominosas y enrarecidas, contribuye a delinear a los personajes equívocos e incrementa el carácter extraño, peligroso o amenazador de las escenas. Algo de eso venía prefigurado en El ciudadano Kane, si bien no tenía el alcance totalizador que encontramos en el film de Siodmak.

Simplemente, Welles se adelantó a bocetear algunos de esos rasgos que las películas negras convertirían en marcas de estilo. De allí la utilidad que ofrece como fuente de investigación y no sólo, claro está, en lo que respecta al cine negro. Parte del cine de la modernidad (y de la neo-modernidad de los últimos 20 años) le debe mucho a Welles, como también ese cine negro que, igualmente, contribuyó a sacudir la (solo) aparente homogeneidad del estilo clásico.

Isaac León Frías