sábado, 12 de mayo de 2012

Abandonadas: dos películas mexicanas

Interesante ejercicio el ver, una después de la otra, “Las abandonadas”, de Emilio “Indio” Fernández (1944), y “Miss bala”, de Gerardo Naranjo (2011)


Dos épocas del cine mexicano. El satinado melodrama del Indio Fernández se pliega a la convención fatal de la mujer que cae justo en el momento en que se apresta a vivir la felicidad plena. Desde entonces queda atrapada por el infortunio. Un hombre le enseña a Dolores del Río el desamor y la lanza a la prostitución. Más tarde, otro varón, Pedro Armendáriz, epítome de la virilidad plena, luciendo el avasallante uniforme de General, la fascina con su poder y liderazgo. La atrapa y la toma en rehén, no por voluntaria menos sojuzgada. Pero todo es un espejismo amoroso. El “general” es en verdad el jefe de la peligrosa banda de los asaltantes del automóvil gris. La ilusión acaba para una Dolores del Río a la que solo le queda la ruta que siguen “las abandonadas”, la de la calle, o la esquina, el lugar al que la confina el designio patriarcal.

Casi 70 años después, Gerardo Naranjo retoma, sin mencionarlo (acaso sin saberlo, porque esas influencias se inscriben en el ADN) las líneas maestras del clásico para ofrecer una variante perversa, de pesadilla, tan extrema que linda con la fantasía de horror. “Miss bala” es “Las abandonadas” en tiempos laberínticos.

Laura Guerrero (la magnífica Stephanie Sigman) también tiene ilusiones que son perturbadas en el momento en que parecen hacerse posibles. Las quiebra un sistema corrupto y violento construido por machos abusivos que se enfrentan en un campo de batalla que es el país mismo. Como la Dolores del Río de otrora, Laura también es rehén de un jefe criminal, pero no de un asaltante de bancos cualquiera sino del líder de un grupo de narcotráficantes, de los que cuelgan a sus víctimas bajo los puentes.

Pero aquí no se repite la fantasía erótica o el hechizo amoroso que el "Indio" Fernández imaginó para dos de las figuras míticas del cine mexicano clásico. El rostro intemporal de Dolores del Río y las cejas sublevadas y el mentón erguido de Pedro Armendáriz se transforman, en “Miss Bala”, en los cuerpos lacerados de Stephanie Sigman y de Noé Hernández, lanzados a un interminable ritual de posesión violenta, juego sádico y ejercicio de un poder sexista despótico. Y la legendaria banda del automóvil gris se potencia en una flota de poderosas camionetas cargadas de armas y drogas. Es la misma configuración patriarcal que antes seducía a Dolores y ahora tortura a Miss bala. Cambian las épocas, se transforman los modales, se conservan las esencias.

Cambia también el tratamiento cinematográfico. A diferencia del “Indio” Fernández, Naranjo filma las emociones desde la distancia, sin imponer la afección del primer plano. La secuencia de la elección de “Miss Baja California” es ejemplar al respecto. Y muestra los desplazamientos de la violencia como si fuesen los de una coreografía que se aleja del realismo. Los tiempos se dilatan, el sonido es trepidante y el movimiento de los violentos tiene un aire de mimo, de pose y de danza que esboza la irrealidad incluso cuando quiere irrumpir en el relato con el carácter de crónica de hechos terribles pero cotidianos.

Ricardo Bedoya