viernes, 22 de agosto de 2008

La mujer sin cabeza, de Lucrecia Martel


Carlos Esquives envía este comentario sobre La mujer sin cabeza, la cinta premiada por el Jurado de la Crítica en el reciente Festival de Cine de Lima.

Previo al inicio de la película dos señoras conversan: “Yo anualmente visito el Festival”/ “para qué, pasan películas de calidad”/ “es cierto, muy cierto”/ “todas son buenas pero, eso sí, nunca falta alguna con la que te quemes” Escuchado esto medité e imaginariamente crucé los dedos dado que sentí el temor de que dicha conversación me vaya a “salar”. Me evoqué hasta una fecha del pasado año, para ser más exacto el Festival anterior, donde me encontraba viendo El Otro de Ariel Rotter, y me pregunté: ¿será posible que suceda otra vez? Es extraño pero llevo un recuerdo entrañable de dicha película dado que aún no entiendo sí me gusto o no, aunque si puedo decir que salí insatisfecho de la sala ese día. Tal vez por algunos comentarios pomposos o simplemente cosas de mi imaginación pensé que esa película sería “la película”, pero me equivoqué.
Las luces ya se habían apagado y la pantalla se encendió: Un grupo de mujeres conversan de hechos triviales, cuestiones que solo “ellas” tomarían mucha atención. Verónica se despide con frases también triviales, sube al carro y maneja. El trecho es árido, abandonado, solitario, una carretera provincial. El piloto descuida por unos segundos su vista de la ruta y repentinamente el automóvil se sacude, ha atropellado a algo. La conductora levanta su mirada, la mantiene fija, estremecida pero es una reacción que a su vez es indiferente o se torna indiferente, es por eso que Verónica no ha detenido el paso. A metros más allá, el vehículo a paso lento por fin se detiene. La conductora baja del carro y un plano fijo nos indica una vacilación, no sabe donde ir, que hacer ni como reaccionar, camina de un lado a otro. Una tormenta ha iniciado. La mujer sin cabeza.

El transcurso de esta película es similar a la que mencioné anteriormente, y no me refiero a un descontento premeditado, sino similar al estilo y temática. La mujer sin cabeza es un film dedicado al conflicto personal que entabla una actividad con su entorno, un entorno tanto personal como social. A diferencia de El Otro, el personaje principal dentro de La mujer sin cabeza tiene una excusa más objetiva para desconectarse de todo aquello que le rodea, ella cree haber asesinado a alguien y esto es motivo para que sus actos se vean ahora ajenos a su realidad. Ella está fuera de sí, está ida. Sus acciones son ahora mecánicas, no responden a la realidad, es como una renuncia a todo lo que le rodea. Los planos de la cámara nos indican una imagen degradada, casi imperceptible, el resto es relleno; solo nos muestra la cabeza, el rostro, el shock sufrido por Verónica que después irá abandonando gracias a la ayuda de un primo que le asegurará que la policía no ha recibido noticias de un cuerpo sin vida abandonado en la carretera. La tormenta que había iniciado aquel día fatídico se ha calmado tanto en ese mundo campal como en la cabeza de Verónica, ahora podrá resucitar y nomás será solo el cuerpo presente, habitará una vez más dentro de su realidad. Hay una vuelta a su vida cotidiana, la frecuencia a los labores cotidianos que son asuntos de mujeres que intentan llenar su vida con cosas como asistir a la piscina, re-decorar el jardín, la visita a la familia, cualquier cosa que trae el paso.

El resto de la película es un plato repetido. Se encuentra un cadáver a orillas de un río y Verónica y sus “cómplices” replantean el asunto. Las huellas de aquella fecha dejadas por Verónica (una visita a un hotel, asistencia médica a un hospital) han sido limpiadas, ello para evitar sospechas, muy a pesar de esto la mujer es acechada por sus fantasmas. El final es abierto. La mujer sin cabeza es un relato simple, casi flojo si no fuera por el conflicto que Lucrecia Martel, la directora, nos muestra. Lo central está en como una mujer burguesa (relativo a lo rutinario) es atrapada por un suceso que es ajeno a su entorno, una realidad severa, una prueba de sobrevivencia, algo que está fuera de sus costumbres, sobre cómo una mujer que lleva una vida normal como todos los demás pudiera haber caído en tal desdicha. La infidelidad, los momentos de ocio, la dialéctica bien existente o ajena entre la burguesía y su otro (el argentino de color mestizo muy poco visto en tal cine) no son la temática, es solo el decoro, es el entorno que estaba incluido a la rutina de un personaje de clase media dentro de una provincia argentina, tal vez Salta. Hablar de eso o criticar dichos objetos es forzar la película, es hablar de agentes omnipresentes que nos desvían de lo esencial. Si bien hay un afirmativo que la temática era el conflicto personal y su alrededor es debido a que todo conflicto tiene distinta reacción, esta depende de su medio vista de una forma objetivo, más no una necesidad de subjetivarla. Es la culpabilidad de un burgués por un supuesto asesinato. Esto es un supuesto debido a que no hay un razonamiento que nos afirme que Verónica haya cometido un crimen, es por eso que no hay cómplices de un crimen sino más bien de un secreto el cual nunca es esclarecido debido a ese final abierto.

La mujer sin cabeza es una película que bien pudo haber sido abucheada en los Cannes, pero no deja un descontento pleno. El juego de Lucrecia Martel es un recorrido silencioso hacia personajes simples de entornos nada vistosos o chispeantes, que en ciertos momentos da quejidos que inquietan, que nos deja que pensar o criticar debido a que el espectador está con el personaje del conflicto, vemos y comprendemos, aunque para eso se necesite estar comprometido no con la “realidad”, sino con el conflicto y su realidad. Es algo riguroso en cierto sentido lo que nos ofrece ahora esta directora es por ello que pueda dificultar la asimilación y nos encontremos con algún espectador insatisfecho, quien sabe sea uno de ellos.

Carlos Esquives