viernes, 15 de agosto de 2008

Diario del Festival XI: La tierra, el cielo, la lluvia


La Unidad 25, al parecer, no es un presidio sino una iglesia cristiana de la cual no se puede escapar, solamente adaptarse o subordinarse a ella. Un templo con barrotes y candados donde los celadores son gritones de la palabra de Dios, que con más firmeza que seguridad la vociferan para los presos/creyentes del pabellón.


Unidad 25, de Alejo Hoijman, es un registro de seguimiento a un recluso nuevo, en inicio renuente a las doctrinas que profesan sus compañeros, quienes temprano, cual campesinos, gargantean y aplauden aleluyas y amenes en el corredor principal.


Más que el solo palmario de esta singular forma de condena es el proceso, silente, casi imperceptible, de transformación, adaptación o subordinación del joven protagonista ante la avalancha de rezos que no puede omitir, hipnotizándolo hasta un fanatismo de mayor grado al resto, lo que más interesa a Hoijman, pues su primer plano es el rostro ido e inexpresivo del preso que después nadará en agua bendita.


Este documental de estructura aristotélica deja abierta la pregunta sobre las conveniencias de esta actitud y pensamiento, dejando más en claro que el contexto hace a la persona, moldeándola a gusto, cuando se impone como única.


Si bien Unidad 25 gasta película, o sea se dilata y cansa por momentos, principalmente por la constante repetición de “musicales” estridentes con nulo talento, logra convencer por su efectiva audacia para contar una historia con material cotidiano, de intensidad y dramatismo dogmáticamente verosímil, por estar ceñido a la realidad, que impredecible posibilita y acepta cualquier giro de tuerca sin pecar de efectista.

Con pocos a mi lado, considero a La tierra, el cielo y la lluvia (foto de arriba), de José Luis Torres Leiva, como una de las mejores del festival, pues como experiencia enajenante y meditadora encontré sólo a ella.


Este cine de contemplación, del tedio, es casi un género post moderno, que tiene a sus principales exponentes por estos lares, los soporíferos Lisandro Alonso, Carlos Reygadas, Amat Escalante y, ahora, José Luis Torres Leiva, claramente diferenciados en propósitos (premisa o argumento) y formas (fotografía y tempo), solamente compartiendo los adjetivos “lento” y “aburrido”, lo que arbitrariamente los mete en un mismo saco.


¿Acaso La tierra, el cielo y la lluvia cuenta algo? Mas bien filma y acompaña a cuatro humanos de características corrientes bajo la naturaleza magnificente que los envuelve como parte de ella. Sus hábitats se encuentran entre las ramas, al otro lado del lago o sobre el terreno allanado, fotografiándose desde ángulos abiertos con profundidad de campo extendida (gran angular), dando protagonismo a los parajes, en cuyas dimensiones filmadas radica el valor estético de la película.


Cada plano demanda la misma concentración, lo que deviene mutismo para asimilar la experiencia de sentir más que entender. Es que La tierra, el cielo y la lluvia provoca distracción con el zumbido del viento o el roce de la brisas con las hojas de los árboles, siendo más importante revisar el paisaje desde la anonadada óptica del cineasta a través de su cámara, que saber cómo les va en el trabajo, en la pelea de box o en sus dilemas sentimentales a los humanos que por ahí circundan. Por eso los filma, para el contraste soso, pero necesario.


Vemos Valdivia, en el sur chileno, desde la perspectiva no de un ecologista sino de un extrañado de la ecología, pues mancomuna la sustantividad del hombre con la mostración de un ambiente bello, pero omitido. La estupefacción de Torres Leiva por esos ambientes compensa la indiferencia de sus protagonistas hacia los mismos, como magnificando lo que un perturbado no puede percibir, aludiendo a un conflicto entre natura y homo, que él concilia con planos compuestos, en los cuales ambos son partes del mismo cuadro armonioso, en movimiento.


La tierra, el cielo y la lluvia encuentra sus debilidades por hacer trascender drama, aflorando los llantos, las preocupaciones o las pulsiones sexuales de quienes hasta cierto punto solamente andaban, alternando cadenciosamente los verdes y azules con sus pieles. Allí se encuentra la distracción equívoca, que termina por convencer y excusar a sus detractores.


Aún así, esta pieza visual y sensorial de superlativa monta sobresale por figurar sin artilugios el idilio platónico entre la tierra, el cielo y la lluvia con el hombre, las mujeres y sus pasos.


John Campos Gómez

9 comentarios:

Anónimo dijo...

Una amistosa corrección. El cine del tedio no tiene nada de postmoderno, simple y llanamente porque es moderno.

Ese cine del tedio de Antonioni es una muestra representativa del llamado cine moderno.

Lo que ocurre es que muchos autores contemporáneos utilizan elementos del cine moderno. No creo que Reygadas o Alonso puedan considerarse cineastas pos(t)modernos, en cierta medida por lo ke señalo.

John Campos-Gómez dijo...

Digo postmoderno como aparente género, ya no un simple estilo, que pareciese por el cúmulo de títulos que comparten esa "lentitud" y mirada reposada.
Se puede hablar de un género y no de un estilo cuando ya se cuentan varios en la fila, cuando los exponentes se presentan.
Es una opinión personal no citada de ningún texto erudito, la cual me atrevo a manifestar por la sensación que dejaron los títulos y autores mencionados en el post.
Tanto Alonso como Reygadas ya no se sienten solos en su mundo tortuga.
Las influencias y homenajes siempre se darán en el cine futuro, lo que no debe adscribir a sus autores a corrientes pasadas. Son sólo admiradores del buen pasado que pretenden darle un buen y fresco presente.
Gracias por comentar.

Marco Chipana dijo...

Sabía que ainda orangotangos daría que hablar sin embargo me causa extrañeza el hecho de que Personal Belongings no haya recibido ningún premio. Gracias por la información de los puestos

Isaac León Frías dijo...

No creo que se pueda hablar de un
género posmoderno por más que hayan muchos títulos que compartan
lentitud y mirada reposada. El género está hecho de convenciones narrativas, se organiza a partir de un cierto haz de repeticiones y se sedimenta en las pequeñas variaciones y cambios (a veces no tan pequeñas) que se producen a lo largo del tiempo. Además, en el cine y en otros medios masivos, la "serialidad" marca la existencia de los géneros y sus modalidades.
La "lentitud" y la mirada reposada pertenecen al orden del estilo y del tratamiento fílmico y
no son atributosm exclusivos de ningún género. Son, en todo caso, "estilemas", que tampoco tienen por qué reducirse al espacio (tampoco reductible a unos pocos rasgos)del llamado cine moderno. No conviene abusar ni
forzar los alcances del concepto de
género porque se incurre inevitablemente en diversos equívocos.

John Campos-Gómez dijo...

Y seguimos con la rigidez de conceptos.
Los puntos tocados por el buen Chacho, cimentados por la teoría, son válidos. Pero mi posición sigue firme y defendida.
Explico:
El género Horror se compone por escenas amedrentadoras en pantalla; asimismo el Suspenso, por tensas e intrigantes. Entonces, estos dos géneros reconocibles y reconocidos dependen de muestras de estilo del autor para llevarlos a ese punto definido.
Los componentes físicos(escenografía, vestuario, etc.) no aclararán si un relato es Suespenso u Horror sino hasta manifestarse la intencionalidad narrativa, el estilo de autor, que mecánicamente los induzca a su condición genérica.
Ciertamente una toma contemplativa puede ser parte de una película de horror, como también una escena cómica puede presentarse en un drama. Por eso, antes de ser géneros, son elementos narrativos que por ser reiterativos y trascendentes en las películas se definen como tales. El tiempo, los exponentes y las obras constantes los sedimentan en esa convención.
Esa "serialidad" es precisamente lo que me induce a echar esta aclaración que se discute, pues tanto las películas de Alonso o Torres Leiva priorizan la mirada taciturna contra el esquema aristotélico o a cualquier otro concepto de género. ¿Sus películas son dramas o comedias? ¿Basta con sólo adjetivarlas de "inclasificables" o ser hijos de un estilo?
Es que esta tendencia última -no descarto anteriores manifestaciones esporádicas- por dar más importancia al espacio y sus elementos que a la acción de los mismos es un compendio que lo hace más que un "estilema" en común.
Sus aclaraciones en parte defienden mi postura.
Un abrazo y sigamos discutiendo.

Isaac León Frías dijo...

Los géneros, John, son categorías
muy generales y no nacen de un día para otro por más afinidades que
puedan tener algunas decenas de
películas. Tú lo dices, puede ser una tendencia, pero no es en absoluto un género.
Es cierto que no todas
las películas ingresan al cómodo territorio de la caracterización
genérica, como es cierto que el concepto de género es insuficiente para explicar ciertas obras "de género" (un western como "Río Bravo" o un film de horror como "Psicosis", por ejemplo).
No creo, entonces, que haya que
descubrir géneros donde no los hay.
"Luz silenciosa", "El cielo, la tierra y la lluvia", "Liverpool",
"Los muertos, "Hamaca paraguaya" y
otras películas que participan de
postulados estéticos similares, son
genéricamente dramas porque el espacio del drama tiene una amplia
cobertura. Claro que tipificarlas como dramas dice muy poco de esas propuestas y allí entra el análisis y la capacidad del crítico para precisar la modalidad dramática en cuestión y, sobre todo, las particularidades que ofrecen en común o cada una de manera específica. Son casos en que el concepto de drama por sí solo dice muy poco o no dice nada.
Los parámetros genéricos no son muy abundantes, lo son en todo caso las variaciones y las combinaciones que se producen a partir de ellos. El neorrealismo
italiano no constituyó un género. Se alimentó del melodrama, del
reportaje, incluso de la comedia.
La nueva ola francesa tampoco impuso ningún género. Asimiló a su manera el policial, la comedia musical, la autobiografía y el diario personal. El cine latinoamericano de Lisandro Alonso,
Reygadas y otros no inventa ningún género. Son obras de autor, tributarias del drama en su versión
más íntima y secreta, pero también de otras fuentes (la épica del desarraigo en Alonso, los "oratorios" amorosos de Dreyer
en Reygadas) y, en última instancia, inclasificables. Porque
en muchos casos la noción de género sirve para hacer una ubicación general y muy poco más que eso. Y las obras de los autores que trabajan fuera de los esquemas genéricos canónicos son eso: obras que remiten al estilo idiosincrático de sus autores. Fellini empezó en la comedia dramática (Luces de variedades, El
jeque blanco), siguió con el drama
(La calle, Los inútiles, El cuentero, Las noches de Cabiria),
pero ya con fuertes componentes personales y luego, a partir de La dolce vita (otra vez drama, en un sentido genérico) fue construyendo relatos que cada vez más remitían
a un estilo propio e instranferible.
Por otra, no es "serialidad" lo que vemos en las películas en cuestión. Serialidad había en el cine mexicano de los años 40 y 50,
en las películas de la Warner de los años de apogeo de Hollywood, en los melodramas de la India. Cada
película latinoamericana reciente es independiente de las otras que se hacen y no tienen nada que ver con el menor asomo de serialidad.
Recomiendo la lectura de "Los
géneros cinematográficos", de Rick
Altman, y de "Mensajes icónicos en la cultura de masas", de Román
Gubern, para aclarar los conceptos de género y serialidad.

John Campos-Gómez dijo...

Muchas gracias por las recomendaciones, Chacho.
No creo que sea tan necesario acudir a citas de tanta tinta y muchas páginas. Sigamos:
Un Género adjetiva a una obra según sus convenciones y componentes, comunes e identificables con relación a un grupo, enmarcándola y encasillándola como tal por sus características similares. Asimismo funge como clasificador arbitrario ante ejemplos de mixtura y eclecticismo, que, por preponderar un estilo genérico en mayor porcentaje, sucumbe ante la generalización.
Esa es su principal función, delimitar a una obra a un simple calificativo, no dejándola cual globo de helio flotando en su marginalidad, para casos difíciles.
Por eso, según generalidades y características de estilo de definición inexacta, me aventuré a la aclaración que ahora se discute.
Mi posición se balancea entre el canon y el tino hipotético, que por falta de antecedente erudito, divaga en la credibilidad.
Entonces, ¿estamos condenados a seguir lo establecido décadas atrás, repartiendo las nuevas manifestaciones artísticas en los rubros arraigados por el tiempo, que por estas compartir ciertos guiños con el drama o la comedia se les enmarca en esos limitados cuadros que no hacen honor a su real dimensión compleja y heterogénea?
Se cita a la Nouvelle vague y al Neorrealismo italiano, que no son considerados géneros con justo motivo, pues fueron híbridos de géneros y subgéneros acompañados de propuestas audaces y rebeldes en lo que a puesta en escena se refiere. Entonces, sí, fueron tendencias, mas no géneros como bien aclaras.
Digamos del western, ¿qué lo hace un género? ¿Acaso no son tan dramáticos -y muchas veces trágicos- sus relatos como para pertenecer a esos aparatados? En relación a esto tenemos:
El contexto: el occidente norteamericano, de parajes indómitos y áridos; la idiosincrasia: ambigua en perfiles, campantes con la ley del más fuerte o del más rápido para disparar; el carácter: épico y aventurero de sus guiones; etc. son sus características inherentes que los adscriben como westerns y no como dramas o tragedias, que indudablemente lo son, pero no en género cinematográfico. Por ello, se entiende con este ejemplo que el "género" tiene un fin meramente ordenador, de preceptos y caracteres comunes para su identificación fácil.
En el cine de Alonso y Torres Leiva, ellos más que todo -a Reygadas sí lo considero "dramaturgo"-, el drama requiere mutismo y contemplación para simularlo como tal. La mirada reposada pretende ver y hacer sentir sensaciones no precisamente emotivas sino reflexivas y/o estimulantes. Estas películas "lentas", por tener fines, procesos y estilos diferenciados a los de la conmoción no los considero dramas, que es la acepción más difícil de cuestionar y por la cual se acomodan por descarte.
Que los autores naveguen en diferentes géneros no implica que los antes abordados no lo sean más, sino que se pegó un brinco de pretensiones. Que Fellini haya llevado un proceso de maduración cinematográfica no creo que venga al caso.
Si hablamos de Nouvelle vague, Neorrealismo italiano o Nuevo cine argentino como análogos a mi postura sobre el tema tratado, entonces la discusión se está confundiendo con otra inexistente.
A lo que voy al señalar a este cine contemplativo -la palabra ya está ajándose- como género es porque propone peculiaridades que no responden a la risa, al susto, al sentimentalismo o al extrañamiento, sino a la abstracción y admiración de lo que se plantea, provocando una intencionalidad claramente contrastante a las de “otros” géneros. Este (tipo de) cine posee particularidades autónomas que por omitidas o menospreciadas no ocupan un lugar genérico, requiriendo de un señalamiento más pronunciado para su debate serio.
Si el tiempo y los entendidos lo clarifican o entierran, dependerá de la actividad y constancia de sus propios exponentes, que deben allanar su propio camino.

Isaac León Frías dijo...

Por razones de claridad, voy a
enumerar mi argumentación.
1) El concepto de género, sin duda, proviene de prácticas artísticas de vieja data. Se han
establecido géneros en la música, en la pintura y ciertamente en las artes narrativas y representativas.
Las nociones de drama, comedia y tragedia así como las de épica y lírica, entre otras, tienen una
larga historia y se han aplicado
ya en el siglo XX a las artes audiovisuales. Hay, con frecuencia una superposición de términos, porque en efecto el western es de alguna forma hijo del drama y la aventura (un género del campo de la épica). No se trata de ser
conservadores en materia de catalogación de géneros, pero tampoco aplicar tan libremente el concepto de género a lo que, en todo caso, es sólo una tendencia.

2)Hay varios géneros establecidos a partir de ciertas convenciones que se impusieron en el cine: el
western (casi sin antecedentes literarios), el policial (con algunos antecedentes, pero con un desarrollo literario simultáneo), la comedia musical (proveniente en parte del teatro de Broadway, de la opereta centroeuropea y de otras
influencias), el terror y la ciencia ficción, la slapstick comedy, por mencionar algunos que llegan a tener una identidad fílmica relativamente diferenciada, más allá de las posibles combinaciones o superposiciones que pueden haber entre ellos. Pero esos géneros y subgéneros están muy asociados a los estudios y a las políticas de producción masiva. Son géneros "industriales", al márgen de que con ellos se hayan hecho grandes películas. Pero la noción de género en el cine es indisociable de las políticas de las grandes empresas y de la necesidad de establecer patrones en los cuales los espectadores pudieran "sentirse cómodos".

3) Las películas de los autores latinoamericanos que menciona John
son propuestas independientes,"incómodas", que no tienen nada que ver con las constantes de lo que se conoce como
géneros ni aspiran a convertirse en nada que se le parezca. Además, si se toman en cuenta los criterios
que destaca John para conjeturar sobre un género postmoderno (la lentitud y la mirada reposada),
entrarían en tal "género" las películas de Antonioni, Rohmer,
Straub, Angelopoulos, Kiarostami,
Erice, Jarmusch, Kaurismaki, Manoel de Oliveira, y varias de Jean Renoir (como Toni, por ejemplo)o del mismo Dreyer, ya no digamos las de Yasujiro Ozu o de Mikio Naruse o las de Satyajit Ray y por qué no Sleep y Empire, entre otras, de Andy Warhol, el súmun de la lentitud y la mirada reposada.
Es decir, nos metemos en una torre de Babel(o en un berengenal, como se decía antes) de donde no hay cómo salir. No creo, pues, que sea procedente ni útil especular sobre un género postmoderno. Sí, en todo
caso, de afinidades estéticas o de una poética que conviene dilucidar.

John Campos-Gómez dijo...

La aclaración del postmodernismo es lo más discutible de mi ponencia, pues, cierto, Renoir, Antonioni, Rohmer, y algunos que mencionas, no datan de la contemporaneidad, pero gran parte de su obra, mas no toda, se basaron en premisas dramáticas, lo que no aludiría a mi punto, el cual se trata. Asimismo la obra de Kaurismaki es tan dramática como observadora -léase “contemplativa” y juzgadora- de su propia sociedad marginal; como por su parte la de Jarmusch, de toques irónicos y existencialistas, pero con fines explícitamente dramáticos.
No me refiero a la mirada "reposada y lenta" en puesta en escena como el factor determinante para que se hable de un género, el cual defiendo, sino la intencionalidad de ese recurso o estilo, que prioriza la provocación de estímulos sensoriales frente a los elementos filmados, entendidos como contemplación y enajenación. Por eso, Luz silenciosa no es partidaria de mi hipótesis por ser netamente dramática, una historia de amor, filmada con “lentitud”, al igual que la obra de Kaurismaki, De Oliveira, Rohmer, Dreyer, Jarmusch, etc.
Por otro, entonces estarías certificando que los estudios o establishment son los más adecuados para afianzar géneros, deliberados estos en formas y propósitos por una empresa que los usufructúa por taquilla. Para tal caso, otra forma, menos explotadora, de concluirlos debería haber, ¿no?
La larga data de los clásicos géneros Comedia, Tragedia o Drama, no deberían imposibilitar el afloro de nuevas generalidades, pues “el todo” no sólo se cierne a jocosidades, desgracias o emotividades. Casos como el policial o western son hijos híbridos de la sobreposición y licuación de géneros y subgéneros, aportando a la mixtura y enriquecimiento de las narraciones, mas no a una nueva expresión autónoma en caracteres. Por ello, géneros no me parecen, aunque los años y la tinta erudita ya lo hayan declarado así, haciendo parecer a mi declaración como una pataleta de mendigo.
Que las películas que aludo no quieran unificarse, ni “encasillarse”, en un género es de lo más sensato, pues son muestras independientes de arte que comparten características y designios, por lo cual yo me aventuro a englobarlas en un “incómodo” saco, que provoca reacciones disconformes.
Finiquito: la tendencia es filmar “lento” como estilo narrativo; el género, lo compondrían filmes “lentos” que resaltan los elementos pro contemplación, sin dramatismo ni argumento trascendente. Que no se confundan los fundamentos, lo que al parecer ha acaecido.