jueves, 2 de agosto de 2012

Festival de cine de Lima. Elefante blanco, de Pablo Trapero

Empezamos a comentar algunas de las películas que se verán en el 16 Festival de Lima.  "Elefante blanco", de Pablo Trapero, es una de las mejores de la competencia de ficción.

De una selva se pasa a otra de modo brusco y cortante. Una es la jungla amazónica; la otra, es la jungla urbana, en un barrio marginal de Buenos Aires. En ambos lugares campea la violencia. Y en ambos está el cura belga Nicolás (notable Jérémie Renier), llegado a la Argentina para asistir a su colega Julián (Ricardo Darín), “cura villero” que asiste una parroquia asentada en los alrededores de un “elefante blanco”, la carcasa de un hospital inmenso y abandonado, centro neurálgico de un barrio asolado por la delincuencia y el tráfico de drogas, y símbolo de un Estado negligente y ausente.


Lo que interesa aquí es alternar, sin pausa, los mundos de lo privado y de lo social. Por un lado, el trabajo de los curas comprometidos con las penurias de la gente del lugar; por el otro, los conflictos que estallan en la intimidad. Darín y Renier están insuperables en la expresión de esos sentimientos provocados por lo que la situación les pone al frente como trabas o tentaciones. Por una vez, un actor, Renier, está mejor que Darín. Tal vez porque su personaje es menos esquemático. La culpa del cura joven, su pasión reprimida (aun cuando las escenas amorosas con Martina Gusmán sean previsibles y poco inspiradas) y su silenciosa auto punición resultan más persuasivas que la mirada hagiográfica que se reserva para el cura Julián, casi un mártir.

Pero las fragilidades del guión, o las intenciones didacticas que a veces se asoman, son  superadas por la capacidad narrativa y el oficio cinematográfico de Trapero. El suyo, es un cine de pura garra. La secuencia de la incursión de Nicolás en la guarida del capo narcotraficante para rescatar el cadáver, es notable.

Y es que Pablo Trapero es un realizador de nervio y filma con una cámara inquieta que aprovecha cada recodo de la escenografía. Y se pega a los actores. Los sigue en planos secuencias prolongados y en movimiento; los observa en sus sobresaltos y estallidos; los acosa en los planos cercanos; inscribe sus cuerpos, presencias y gestos en los espacios más amplios y desbordados de ese barrio caótico y peligroso, de ambientes abiertos pero, a la vez, de callejuelas estrechas donde puede estallar una balacera en cualquier momento. De esa precariedad da cuenta el tratamiento de la película, su montaje seco, sus diálogos que se encabalgan de una escena a la siguiente, su foto de colores en matices netos.

Ricardo Bedoya