viernes, 5 de noviembre de 2010

Con ánimo de amar


Hay grandes películas sobre los múltiples y cambiantes estados del amor, de la exaltación a la decepción. Allí están “La aurora”, de Murnau; “L’Atalante”, de Vigo; “El séptimo cielo”, de Borzage; “Love Affair”, de McCarey; “Vértigo” y “Notorious”, de Hitchcock; “Gertrud”, de Dreyer; “Esplendor en la hierba”, de Kazan; “La mujer de al lado”, de Truffaut. “Con ánimo de amar” (In The Mood For Love, 2000), de Wong Kar-Wai, es una de ellas.


Tiene sólo dos personajes principales, y, desde el punto de vista narrativo, es tan escueta y concentrada como un filme de cámara. Habla de amor, ya lo dijimos, pero de un amor que, para la pareja protagonista, no debió ocurrir, ni debió ser, ni debió surgir. Es decir, se reprime en palabra y acto procurando que la memoria lo extinga. Maggie Cheung y Tony Leung son vecinos, se atraen y descubren que sus respectivos cónyuges mantienen relaciones amorosas paralelas. Unidos en torno a esa revelación, crean un vínculo particular.


Todo está marcado por la melancolía, y las imágenes, ritmos visuales, ambientes, entornos sonoros, están divididas entre el lamento por lo que no va podrá ser y la celebración por lo que está allí, al frente, aquí y ahora, encarnado en la sensualidad y las sedosas texturas de los vestidos de Maggie Cheung o en las volutas del humo del cigarrillo que fuma Tony Leung. Con ánimo de amar habla de una pasión actual y quemante, pero la contempla desde un mirador lejano, entre las ruinas de lo que dejó.


Todo es como un extenso ritual de repeticiones, que rozan lo abstracto, lo iterativo. Se vuelve sobre los mismos gestos, los mismos movimientos, las mismas melodías, los mismos susurros. La idea del desarrollo narrativo se liga a un sentido del transcurso circular, a un ritornelo, a una modulación permanente de lo mismo. Es un ritual incantatorio, casi hipnótico. Nada avanza de modo directo y vectorial aquí, porque nada es asertivo; domina la irresolución de los hechos imprecisos y abiertos. La idea del amor o de la pasión nunca se consuma; sólo da vueltas sobre sí misma, como el ensayo mil veces recomenzado de una puesta en escena que no llegará a representarse.


Wong Kar-Wai filma la intimidad de dos personajes que se aman por procuración, actúan el deseo de otros y ensayan gestos ajenos para reprimir o desplazar los propios. Y eso los conmueve hasta un llanto ajeno a la obscenidad y la impudicia. Llanto acallado por los ruidos del entorno o por la lluvia. Los personajes están sobrepasados por un mundo de murmullos, reflejos, ventanas, pasillos, puertas, muros de separación, imposibilidades físicas que impiden la expresión de los sentimientos. La pareja se encuentra en la casa donde alquilan habitaciones. La cámara delimita los espacios: corredores, ambientes estrechos, conversaciones que se filtran, personajes que se cruzan. Maggie Cheung se define por su porte; Tony Leung por su figura cabizbaja. Están solos pero son prisioneros de un espacio bullente: la banda sonora registra un murmullo constante. Cada encuentro o cruce de la pareja entre sí o de uno de ellos con el resto de los personajes, está mostrado con un desenfoque. La definición de la imagen se parte en dos: un área clara y la otra difusa. Marca de una separación esencial y un destino irresuelto.


La cámara lenta no sólo dilata el ritmo y apunta la ritualidad de las acciones. También las interioriza. Los recorridos desacelerados de Maggie Cheung, con la música de cuerdas de Michel Galasso, marcan los aires de un trance narcotizado, similares a los modos de andar de otros personajes magnetizados por el amor, como el James Stewart de “Vértigo”, o la Natalie Wood de “Esplendor en la hierba”. El humo del cigarro de Tony Leung sólo es una variación en espiral de ese mismo trance.


¿Qué más hay en la imagen? Relojes, espejos, paredes que la cámara atraviesa pero que los personajes apenas si pueden franquear. Es decir, marcos, topes, límites, objetos que señalan fronteras o que devuelven la imagen ensimismada de los gestos de impotencia de esa pareja. Destino que es típico del melodrama. Después de todo, “Con ánimo de amar” tiene lo esencial de él: destinos contrariados; encuentros furtivos de amor; el peso de las convenciones sociales oponiéndose al deseo; la teatralización de la ruptura de los amantes; una música de fondo que comenta, acompaña, amplifica, contrasta y matiza el drama, y un secreto guardado para siempre entre las ruinas.

Ricardo Bedoya