martes, 28 de octubre de 2008

A partir de la muerte de Gerard Damiano. "Si hay que irse al infierno, que sea por una buena razón"


No puedo decir que Damiano haya un sido un genio, pero que sí hizo una de las películas más oscuras que recuerde sobre la sexualidad y lo tanático. El diablo en la señorita Jones es un filme extraño, donde el personaje de Georgina Spelvin se construye en base a lo anticanónico del porno: se me figura como mujer de rasgos toscos, poco agraciados, excesivamente madura casi llegando a los cuarenta, con una actitud demasiado herida como para encarnar o prodigar placer y con un cuerpo diferente a las más afamadas porn star de todos los tiempos.

En el argumento Spelvin es Justine, pero se convertirá en el reverso del famoso personaje de Sade. A sus 37 años se suicida (en uno de los comienzos más desconcertantes del género), y aparece en las puertas del cielo (ojo que Damiano da a estos anillos danteanos una escenografía de hotel raído o de castillo gótico decadente de paredes sucias y húmedas), donde la espera San Pedro con look actual, quien le anuncia que por haberse suicidado el cielo está vedado para ella, a pesar de su virginidad y pureza. El castigo: el infierno. Un acto puede más que toda una vida solemne parece decir Justine, quien ruega por un último deseo, volver a la tierra y recocijarse en el mejor de los pecados capitales, la lujuria. Y es así como Justine emprende la mejor de sus lecciones, en una suerte de purgatorio de placer donde a partir de su primer conocimiento del "falo", casi en un sentido freudiano, comienza a empoderarse con aquello que nunca gozó. Justine comienza su "educación sentimental" hurgando en diversos cuerpos y posibilidades, siendo aún más atrevida y sinuosa que una Simone en la Historia del ojo (si cambiamos los huevos por manzanas, plátanos o serpientes). Justine pasa de virgen a ninfómana en unas cuantas secuencias.

Mi acercamiento a El diablo de la señorita Jones nació gracias al interés que despertó un crítico de este blog hace ya algunos años y tenía que ver con mi afán por conocer algo del porno clásico "con contenido" o "particularmente cinematográfico". Me interesaba saber cómo Damiano contaba una historia decadente sobre el infierno real, sobre ese diablo que no tenía que ver con la idea cristiana sino que se asomaba con creces a aquella pieza de Sartre (A puerta cerrada) y que es "parafraseada" de modo evidente en el final de este filme de 1973. En el epílogo, Justine, tras haber dado curso a todas las formas de la lujuria, es llevada al infierno, un cuarto cerrado donde es condenada a pasar su vida junto a un hombre sin libido, ante un impotente que no le apetece ningún contacto carnal.

Recuerdo a esta obra de Damiano como un filme en sepia (aunque no lo fuere exactamente) pero me quedó la sensación, tal como la tuve pero en diferente significación con El Imperio de los sentidos de Oshima, de estar ante un retrato seco y perturbador sobre la liberación y su seguida frustración. Nunca sabré si a Damiano le salió de "chiripa" o si fue sincero su intento de hacer una porno con argumento de fondo "existencial".

Mónica Delgado

5 comentarios:

Anónimo dijo...

Viva el porno, Mónica !

Anónimo dijo...

¿cuando te vemos en una porno Mónica?

christiam dijo...

Excelente pelicula, Mónica, la escena del suicidio es de antología, en esos diez minutos que mas o menos dura, nos muestra el abismo existencial de Justine.
Además paja eso de ver el purgatorio, que ya no existe, como el lugar más zota para pasar la eternidad, por eso san pedro le recomienda pecar de lujuria e irse justificadamente al infierno, que será SU infierno, en fin...

saludos

Anónimo dijo...

Al anónimo de las 9:04: un poco de
respeto a Mónica Delgado.

Andrés Mego dijo...

De chiripa? Ya pues, más respeto