miércoles, 27 de febrero de 2013

Nacido para matar


Se ha estudiado poco la relación de Kubrick con los géneros, a los que apeló desde su primera cinta (la renacida “Fear and Desire”) con una contradictoria actitud de sumisión a sus reglas generales y escepticismo frente a lo particular o específico de ellos. Kubrick, racionalista y enfático, dio cotidianeidad a la ciencia ficción, explicó la psicología y la geometría del horror, sustentó los conflictos de clase del peplum, agrió el humor político y nos convenció que los filmes de época podían perder su natural gracia y dinamismo (adiós Cottafavi, Fredda, George Sidney) para convertirse en "conversation pieces".

En "Nacido para matar" convierte el cine bélico, ese territorio del peligro y el miedo a lo desconocido que le debe por partes iguales a la aventura y al drama humano, en un campo de enfrentamientos pulsionales, donde los atavismos rondan sueltos.

"Nacido para matar" es una película partida en dos, como otras de Kubrick, lo que llevó a Gilles Deleuze a compararlas con los hemisferios cerebrales. En la primera parte seguimos con minucioso detalle el entrenamiento militar de un grupo de marines en Parris Island. El instructor aplica el tratamiento Ludovico al revés.

Si al Alex de "Naranja mecánica" se le querían extirpar los resortes de la agresividad, aquí se insertan los gérmenes de la violencia y el instinto de matar. La situación evoca otras películas de aprestamiento castrense, como "Forja de valientes" ("Take The High Ground", de Richard Brooks), pero con una diferencia: el sargento instructor (Lee Ermey) hace las veces de Richard Widmark, pero luego de recibir una sobredosis de esteroides y anfetaminas.

De configuración fálica, el erecto sargento penetra el espacio de la cuadra militar vociferando órdenes, proclamas, insultos y agresiones. Expresiones que crean un discurso crispado e hipnótico que satura la banda sonora, mientras Kubrick firma cada encuadre: se suceden los travellings que perfilan el campo visual con unas líneas de fuga dilatadas por el gran angular. Los reclutas están ahí encajonados e incapaces de escapar a su destino programado de máquinas de exterminio. La fuerza de ese segmento nace de la geometría formal de la puesta en escena.

En la segunda parte, los marines programados para su misión y listos para asumir la segunda naturaleza de lo humano –hacia lo regresivo y lo más violento- parten hacia un Vietnam que se debate durante la ofensiva del Tet. No es el Vietnam infernal de El francotirador, ni el alucinatorio de Apocalipsis ya, ni el de la crispación y la inexperiencia de los jóvenes reclutas de Pelotón. La disciplina del género se relaja y el relato se disuelve en un archipiélago de incidentes diversos, síntoma de la confusión de los soldados y de su inicial cautela de ejecutar la orden “Enter” y lanzarse a disparar.

Es un Vietnam irreal, con más recovecos que el hotel Overlook de "El resplandor". Una versión expansiva del universo concentracionario de la primera mitad y un paisaje de la mente, recreado en un estudio londinense, sembrado con palmeras de utilería y filmado con una paleta de colores fríos.

Los “educados para matar” siguen sus rutas en ese lugar minado e infestado de francotiradores encontrando expresión en el personaje de Joker (Matthew Modine, el del símbolo pacifista inscrito al lado de “born to kill”). Él resume las contradicciones que recorren la visión de Kubrick, al que fascina y repugna la guerra, ese hecho natural en el desarrollo del temperamento humano, amasijo de agresividad y tensiones. Joker “pasa al acto” en la antológica secuencia de enfrentamiento con la joven sniper. Repite entonces el gesto primordial del simio de "2001", convirtiendo el hueso en arma. El hombre, ese asesino natural, que luego marcha triunfal al son del himno del club de los sobrinos de Mickey Mouse.

Ricardo Bedoya