viernes, 22 de julio de 2011

Harry Potter y las reliquias de la muerte, parte 2



“Harry Potter y las reliquias de la muerte, parte 2” pone fin a una serie que empezó hace diez años. Los cálculos financieros indican que ha sido la franquicia más exitosa de la historia del cine. En siete títulos y ocho películas, la aventura de Harry Potter sacó del viejo y polvoriento armario de las aventuras fantásticas del cine a las varitas mágicas, los ogros, los dragones, los duendes, los vuelos en escoba, los ejércitos de guerreros de piedra y demás artefactos mágicos que parecían olvidados por el cine desde las películas para matinés infantiles dirigidas por Nathan Juran, Bert I. Gordon o George Pal.

Pero la serie de Harry Potter se dio ínfulas mayores: el bestiario animado cuadro por cuadro de las viejas e ingenuas películas de los años cincuenta se transformó en una gran vitrina para exhibir sofisticados trucajes digitales; los actores de perfil bajo dieron paso a una selección de figuras del cine y del teatro británicos, desde Maggie Smith hasta Michael Gambon; los decorados de cartón piedra fueron reemplazados por escenografías virtuales; la aventura concentrada en hora y media se abrió a una larga historia de enfrentamientos, traiciones, luchas por el poder, búsqueda de la identidad, arreglo de cuentas con los padres reales y simbólicos y el seguimiento de la trayectoria del héroe.

La película final de Harry Potter redondea la fantasía épica del modo en que todas las fantasías épicas culminan: con el triunfo del héroe, pero también con la confrontación consigo mismo, es decir con los lados oscuros de su biografía y su herencia, descubriendo los entresijos de su relación con el mal y la serpiente. Y todo ello en el curso de una batalla larga, oscura y encarnizada. Aquí se juega el filón apoteósico de todo el proyecto. Durante dos horas el director David Yates trata de demostrar que cuanto más es mejor y que para representar la batalla –siguiendo las pistas dadas por J.K. Rowling- tomó referentes visuales de los ataques aéreos contra Londres durante la Segunda Guerra Mundial. Por eso aquí no hay mayores introducciones, transiciones ni explicaciones: la cinta empieza "in media res" y Yates no pierde el tiempo para lucir en sus imágenes toda la artillería pesada. Conduce la película como si dirigiese la estrategia de un juego virtual a gran escala.

Filma el asedio a Hogwarts en encuadres distantes, abiertos, aéreos, que resaltan la dimensión apocalíptica del enfrentamiento, la escenografía gótica de pura ilusión digital, el paisaje cargado de nubes oscuras y la vocación grandilocuente del episodio. Los interiores son laberínticos, amenazantes y los fetiches mágicos, diademas, anillos y tiaras, se multiplican. La música de Alexander Desplat resuena con solemnidad y a todo volumen. La fotografía de Eduardo Serra elige una paleta tenebrista, tal vez similar a la de “Harry Potter y el prisionero de Azkabán”, de Alfonso Cuarón, la tercera película de la serie.

Los actores también ponen lo suyo. Lord Voldemort (Ralph Fiennes) posa, se mueve y dice cada una de sus líneas con entonación profunda, gesto de trágico y la melancolía del que sabe que se acerca el fin. Daniel Radcliffe descubre su íntima conexión con el reptil. Maggie Smith se complace del hechizo que siempre deseó hacer. Helena Bonham Carter apuesta, como siempre, a la extravagancia y la histeria y se desdobla como Hermione. Alan Rickman mantiene la impenetrable ambigüedad que le ubica entre el bien y el mal.


(Versión ligeramente modificada del artículo aparecido en el diario El Comercio del 21 de julio)

Ricardo Bedoya