sábado, 9 de abril de 2011

Ágora y Los ojos de Julia



Esta es una versión más amplia del comentario publicado en "El Comercio" del pasado jueves 7.

“Ágora” y “Los ojos de Julia” son típicas películas españolas que apuntan a los mercados internacionales. Lo hacen apelando a recursos más o menos socorridos: géneros populares, producción muy cuidada, cuotas diversas de espectáculo, tensión, horror de choque, entre otras. Y una curiosa coincidencia: su filiación al “itálico modo”.


“Ágora”, de Alejandro Amenábar, es un filme ambientado en la antigüedad, casi 400 años después de Cristo, en una Alejandría desgarrada por enfrentamientos religiosos fundamentalistas. “Los ojos de Julia” en cambio, es un thriller criminal de situación contemporánea. Son, pues, cintas muy distintas entre sí, pero unidos por el tronco común de su admiración por vertientes genéricas consolidadas en el cine italiano: el “Peplum” y el llamado “Giallo”.


En el “Peplum” vemos la recreación de conflictos en el mundo de la Antigüedad clásica. Los personajes principales provienen de la historia, la legenda o la mitología, humanizándose en la lucha contra tiranos intolerantes. El cine italiano de la época silente construyó recreaciones espectaculares de época que, más tarde, en tiempos del fascismo, se transformaron en exaltaciones de la latinidad y desde fines de los años cincuenta en representaciones de la masculinidad a toda prueba de Maciste, Ursus, y otros héroes.


En “Ágora”, Alejandro Amenábar, el director de “Tesis”, “Mar adentro” y “Los otros”, hace un “péplum” con toda convicción y esfuerzo: las calles de Alejandría lucen pobladas y multiculturales; la cámara se eleva sobre la escenografía con énfasis épico; saltan a la vista los “valores de producción”, es decir, los millones puestos en una de las películas más caras de la historia del cine español. Sobre ese virtuosismo técnico se sustenta la intención de Amenábar: señalar el pasado para hablar de hoy.


Maciste no es protagonista de este “peplum”. Lo es Hipatia (Rachel Weisz), la filósofa, matemática y astrónoma neoplatónica. Es decir, una mujer luminosa en un mundo de oscuras intransigencias, donde se perfila la hegemonía de la religión cristiana, cuyos seguidores actúan con una intemperancia y dogmatismo que no vemos en la representación fílmica usual de los primeros cristianos, tan contritos y solidarios ellos. Amenábar usa el formato del “péplum” para entrar al debate ideológico y, por qué no, político: su blanco son las jerarquías religiosas conservadoras que usan el púlpito para influir en las decisiones ciudadanas. Debate clave en su país durante los últimos años.


“Los ojos de Julia” es un “giallo”, un filme que mezcla la intriga criminal con los golpes de efecto del terror a la manera en que lo practicaron realizadores como Dario Argento, Mario Bava, entre otros. Lo más atractivo de la película es el punto de vista que instala: si la protagonista (Belén Rueda) en una mujer que está perdiendo la vista y que investiga la extraña muerte de una ciega, entonces nosotros, los espectadores, debemos compartir la incertidumbre de no ver la identidad de los seres que la amenazan.


El miedo se funda en no ver, o no ver del todo, o creer que vemos de modo correcto lo que es ilusorio, sintiendo angustia por la luz que se extingue o por los ambientes que se sumen en la oscuridad. Y el pánico mayor: enfrentar la imagen de un ojo agujereado.


El problema se presenta cuando ya vimos todo y comienza la fase de la resolución y esclarecimiento de los enigmas. El misterio acaba ahí: los quince minutos finales, con psicópata edípico incluido, luce recocido, estentóreo, visto una y muchas veces.


Y así como comparten un tronco itálico común, las cintas muestran también debilidades parecidas: son películas tímidas, reprimidas, diseñadas con escrupuloso cuidado y un exceso de frialdad y control. En “Ágora”, la necesidad de redondear la parábola empuja a la película hacia el didactismo, subrayado por los personajes varones, que parecen voceros, portaestandartes o traductores de lo que “quiere decir” el guión, como si no fuese lo suficientemente claro. En “Los ojos de Julia” se echan en falta la radicalidad sádica y la fantasía de situaciones estiradas hasta el límite de lo verosímil y los tiempos hipertrofiados, propios de la desfachatez estilística de Argento o Bava, los modelos mayores de la película.


Ricardo Bedoya