domingo, 17 de junio de 2007

La pasión del fisgón: Tres rostros para el miedo


Como una ilustración práctica de sus razones en el debate sobre el cine bizarro, Cabrejo nos manda este breve comentario a una de las obras maestras del cine, Tres rostros para el miedo, que es el título con el que se conoce entre nosotros a Peeping Tom, de Michael Powell (1960). En su estreno, esta película fue maltratada y se le consideró basura.

Alguna vez, Christian Metz afirmó que una de las pasiones que posibilita el ejercicio del cine es el deseo de mirar: la pulsión escópica, la escoptofilia, el voyeurismo. Y en el fondo, de eso trata Tres rostros para el miedo, el título más escandaloso en la obra del director británico Michael Powell. En ella, se narra la historia de Karl Lewis (Karlheinz Böhm), un hombre retraído que de día trabaja en un estudio de filmación y de noche se dedica a espiar con su cámara de cine a familias y parejas en la calle; pero también, y sobre todo, a asesinar mujeres con el trípode de su máquina, registrando en ella sus expresiones de agonía.

En la primera secuencia del filme, el personaje sigue a una prostituta en la calle, la acción se muestra ante nuestros ojos con una subjetiva, que sigue la mirada de él. De pronto, el encuadre intercala la imagen de aquella mujer pero tal como es captada a través de la cámara de Karl; y después de que es ultimada, volvemos a ver la misma escena pero reflejada en la pantalla grande de una sala oscura, en la cual el protagonista disfruta viendo la filmación de su homicidio.

Así, Tres rostros para el miedo nos somete a un juego perverso: la cámara que nos convierte en espectadores se ha fusionado con la de Karl, el voyeur; y éste, a su vez, se ha confundido entre nosotros, los que miramos la película, al aparecer en una butaca viendo las mismas imágenes que ya vimos minutos antes. La maestría de Powell está en haber creado una cinta que reflexiona sobre la mórbida esencia del cine: la pasión de ver, de simular que contemplamos a escondidas lo que hacen otras personas (los personajes), de gozar viendo lo que otro ve. De la misma manera que Karl disfruta filmar los gestos de otras personas cuando presencian las escenas de sus crímenes, el espectador encuentra placer al mirar por medio del encuadre lo que un personaje, o ese “observador invisible” que configura la pantalla, capta visualmente.

Por ello, un clima enfermizo recorre Tres rostros para el miedo, en cada una de sus imágenes lóbregas, quietas, obsesivas. Hasta en los desplazamientos mínimos y pausados de la cámara, se mimetiza el andar sigiloso del fisgón; pero también, la posición casi estática de quien ve el ecran.

José Carlos Cabrejo