viernes, 17 de febrero de 2012

Festival Iberoamericano de Cine Digital: las dos primeras películas

Abuelos


"Abuelos", de la ecuatoriana Carla Valencia Dávila, sigue una vía bastante frecuentada en el documental performativo de los últimos años: la indagación por la memoria familiar de la propia directora, como los que practica entre nosotros Marianela Vega.


El punto de partida: objetos materiales que dejaron los abuelos hace muchos años y que necesitan ser vistos o escuchados aquí y ahora. Uno de esos objetos es la grabación de la voz del viejo militante comunista chileno, luego fusilado por las huestes de Pinochet, comunicándole al hijo radicado en la Unión Soviética el júbilo familiar por el triunfo de la Unidad Popular en 1970. El otro objeto es un cuaderno lleno de apuntes y fórmulas, acaso los signos de la alquimia secreta descubierta por el otro abuelo, "médico autodidacta" quiteño, para curar muchos males, incluso el cáncer.


Pero esos objetos van a ser escuchados o vistos hacia el final de la película, porque toda la primera parte es la presentación de los dos personajes y la visita a los lugares donde vivieron o donde murió el abuelo chileno, fusilado y enterrado en una fosa común. "Abuelos" tarda en arrancar; sus primeras secuencias se extienden en exposiciones más o menos reiterativas y luce como un documental rutinario. Pero de pronto la película halla las ideas que van articulando el paso entre una historia y otra, entre un ambiente y el otro, entre una mística y la del otro abuelo y la película va ganando en emoción. Ambos tenían la fibra del militante, aunque de causas distintas; ambos eran tercos en su fe; ambos vivían confiados en el poder "terapéutico" de su acción; ambos creían en la capacidad humana para modificar la marcha de las cosas. Uno podía disolver tumores, hacía llover y también escampar; el otro, confiaba en forjar al "hombre nuevo".


El mejor momento de la película: la familia escuchando la grabación de 1970. Sin ningún comentario, solo gracias al registro de los rostros de los que escuchan, entendemos que el mundo ha cambiado.


Centro


Las "sinfonías de ciudad", tan populares en el cine de vanguardia de los años veinte, exaltaron el dinamismo de la era de las máquinas y vieron a las urbes como organismos siempre cambiantes y en movimiento. Exaltadas y ufanas de sus montajes acelerados y de su rechazo de las narrativas de origen literario y teatral, las ciudades de Ruttman o Vertov dieron cuenta de un espíritu volcado al futuro, confiado en el cambio.


En tiempos del cine digital, el signo es el inverso. El testimonio es el del fin de una época.


"Centro", documental argentino de Sebastián Martínez, sigue la huella y la sensibilidad lánguida de "Suite Habana", de Fernando Pérez, esa visión nostálgica y crepuscular sobre La Habana y sus desesperanzados habitantes. En este caso, la crónica se centra en las emblemáticas calles Lavalle y, sobre todo, Florida, en el centro tradicional de Buenos Aires. La sinfonía bonaerense no tiene nada de exaltante. Por el contrario, es una morosa descripción del abandono, la decadencia y el esplendor que ya no existen.


Protagonistas son los personajes flotantes del lugar, desde vendedores ambulantes hasta comerciantes de tiendas de ropa que ya no venden nada y se dedican a alisar las mangas de los ternos que quedarán colgados ahí por mucho tiempo. La película se construye a partir de viñetas que podrían rozar lo típico y lo colorido si no tuvieran el acento de lo terminal. El viejo almacén de la tienda Harrods, ahora abandonado, es como el símbolo de la clausura de los lugares por donde alguna vez transitaron Tita Merello y Niní Marshall. Es allí donde el carrusel de la decadencia urbana no para de girar.
Ricardo Bedoya