viernes, 11 de noviembre de 2011

El precio del mañana y Contagio



“El precio del mañana”, de Andrew Niccol, y “Contagio”, de Steven Soderbergh, son dos atractivas películas de ciencia ficción. La de Niccol se pliega, de modo más ortodoxo, a las reglas del género. La de Soderbergh simula ser una crónica periodística, un expediente documentado, la historia de una letal epidemia.

“El precio del mañana” muestra un futuro dominado por la ingeniería genética que ha programado un tiempo máximo de vida humana de 25 años. Los plazos adicionales se obtienen mediante intercambios y negociaciones que incluyen la explotación y la rapiña. La ciencia está al servicio de una oligarquía que cobra una plusvalía medida en tiempo de vida pagada por los explotados de la tierra. En ese mundo que luce como un inmenso campo de concentración en el que hay kapós y guardianes del tiempo, aparecen de pronto un par de “indignados”, la pareja que conforma Justin Timberlake y Amanda Seyfried.

Y entonces la ciencia ficción se desliza hacia otras vías. El director Andrew Niccol lanza guiños a sus películas preferidas. La pareja de amantes en fuga y revuelta justiciera contra la sociedad no sólo evoca “Bonnie y Clyde” sino también “Gun Crazy”. Pero la referencia más marcada está en el rostro de Amanda Seyfried, en la forma en que están delineados sus ojos, en sus miradas de costado: es la Anna Karina de “Alphaville”, la película de ciencia ficción de Jean-Luc Godard. Niccol se las agencia para instalar el espíritu inconforme de Godard en esta historia que, conforme avanza, se va perfilando como una fábula contra las corporaciones y los manejos oscuros de Wall Street.

En los giros que realiza el relato entre la fantasía distópica, el romance urgido, la persecución violenta, la carrera contra el tiempo y las alusiones a la codicia de los poderosos, se producen desniveles y turbulencias pero a pesar de ellos la película mantiene la energía.

“Contagio”, en cambio, está despojada de cualquier coqueteo estilístico. Desde el inicio es precisa, racional, expositiva, clara, tan aséptica como un quirófano. Una epidemia se expande por el mundo y el horror se globaliza. Soderbergh registra las trayectorias posibles del mal, las rutas del contagio, pero también los flujos del miedo.

Soderbergh desmonta los mecanismos típicos de las películas apocalípticas y de catástrofe. En el reparto encontramos actores tan conocidos como Matt Damon, Gwyneth Paltrow, Marion Cotillard, Kate Winslet, entre otros, pero nunca se propicia la identificación emocional con ellos. Más que víctimas o supervivientes de la epidemia, los personajes son funciones de una trama expositiva. La situación de la epidemia es desesperada, pero las acciones no apuestan al suspenso inmediato. La tragedia es consecuencia de la expansión de un clima moroso, cotidiano, casi inevitable.

El tratamiento plástico de la película es el fundamento del horror congelado que transmite: luces neutras, pálidas. Soderbergh no apela al expresionismo. El montaje pone lo suyo. Conecta lugares del mundo unidos por el mal, pero también pantallas que dan cuenta de la expansión del virus. Fragmentos breves que localizan la acción e informan del avance paralelo de tres males: la enfermedad misma; la paranoia que se va extendiendo por el mundo, y la manipulación mediática que rentabiliza el miedo.

Ricardo Bedoya